Hace más de un año (creo) desde que me atrevo a escribir otra crónica, que así se pueden llamar estos textos, pese a que son bastantes sueltos y disparados. A veces yo mismo leo algunos que haya escrito antes y no veo para dónde va. Bueno. Mi amiga Guagua L’Amore ya no trabaja de estriptisera desde que pasó un susto con un traficante de drogas local que casi se la violó en su camarín a vista y paciencia del manager y casi en presencia de varios policías de civil que estaban tomando cerveza en una mesita casi afuera de los camarines. Pero no es el propósito de estas páginas dedicarnos a examinar esa relación confortable e implícita entre la policía, y muchas instancias de la sociedad, con el crimen organizado, o desorganizado, tan común en América del Norte—México está en América del Norte y siempre he sostenido entre risas de mis contertulios y con unas copas de más, que México tiene más que ver con Estados Unidos o Canadá que con el resto de los países latinoamericanos, lo que dicho así de buenas a primeras resulta una idiotez, pero que si a uno le dieran tiempo para explayarse ya no sería tan ridículo.
Bueno. Pero otra vez se me está yendo la onda. Cosas de la vejez, supongo. Ella (Guagua), cuyo verdadero nombre es Evangeline, pero le dicen ‘Line’, que en inglés quiere decir ‘línea’, o Eve, que es Eva. Y no hay duda que en tanto una hembra de primera, pero también como mujer de corazón, ella es no ya una costilla que le sacaron a un redneck que estaba durmiendo siesta, sino una mujer plena, inteligente, solidaria y nurturienta, una Eva en todo el sentido de la palabra. Entonces, y lo que es mejor para mi salud, ahora paso a tomarme a veces un jugo con un sándwich al café donde ella trabaja ahora, igual de monona y absorbiendo como loca las propinas de los empleados de gobierno de los edificios cercanos que vienen a tomar café o a almorzar (lunch), muchos de ellos me imagino eligiendo este café en particular entre la miríada en este sector por las razones obvias parte de las cuales la transportan ágilmente bajo esa faldita negra y cortita de las que ahora se están volviendo a usar y me presenta a ese tipo rubio, joven, vagamente familiar no sé de dónde, y que me pregunta si le puedo traducir al español una cosa cortita que va a publicar él mismo en su blog, porque no es una teoría muy convencional, pero que a estas alturas él ya tiene muchos lectores que lo siguen, lo mismo en facebook y en twitter. Ahhh, le digo, ahora que me acuerdo, yo lo he visto varias veces en las noticias locales. Hace un par de años fue candidato a concejal por el Partido Verde e incluso pasó por mi departamento, con una rubia estupenda, y yo le dije que no tenía para qué convencer a un convencido, que la única beneficencia pública a que contribuía era justamente al Green Peace, ya que todos los meses me descuentan una módica suma de mi cuenta de ahorros que va a dar directamente a las arcas de dicha organización, que ojalá se viera preñada con innumeras otras donaciones grandes y pequeñas para alguna vez dar a luz un hijo verde, mejor un Mesías verde que cree un infierno para tostar a muchos, entre otros a los dueños, empleados y accionistas grandes de las compañías petroleras canadienses y extranjeras y una gran parte de la minería de este mismo país, que en el extranjero ejerce prácticas que recuerdan a sus antepasados filibusteros. Mientras me guardaba en el bolso el sobre con la copia dura y el CD con el texto, me parecío raro que recurriera a mí, ya que me imaginaba que los verdes estaban bastante conectados, tenían medios y debían contar con su propia infra, como le llamábamos a este tipo de cosas en un pasado más bello.
Una vez cómodamente instalado, me acomodé para escucharlo. Cuando comenzó a explayarse, la impresión de no entender, o de entender mal, me hizo volver mentalmente a las líneas iniciales. Debo decir que últimamente he leído unos textos bastante raros. En la entrada de un conocido centro comercial en el centro de la ciudad, que no voy a mencionar, un adonis negro impecablemente terneado me entregó con reluctancia un par de las hojas que repartía. Una versión preapocalíptica de Louis Farrakhan, que textualmente dice que encima de cada ciudad grande de Estados Unidos hay una nave interplanetaria en acecho, onda Independence Day, y no estamos hablando de perros chicos, ya que ese profeta tiene millones de seguidores, allá ellos. Por eso es que en realidad a las finales lo que me decía este joven no era tan asombroso. Él se había cambiado de trinchera, y no es que le hubiera llegado algo de efectivo o un cheque de alguna corporación petrolera o automovilística. Su razonamiento era más o menos el siguiente: la naturaleza a nivel microcósmico—o mediano, ya que no estamos hablando de átomos ni partículas intraatómicas, sino de planetas, y del planeta tierra—tiende al equilibrio y a una evolución o cambio más o menos lentos, si es que no cae un cometa y borrón y cuenta nueva (caso dinosaurios). El ser humano rompe este equilibrio y con su expansión demográfica, consumo de recursos y modificación del medio ambiente por la tecnología, está poniendo en peligro el ecosistema. A estas alturas yo ya estaba empezando a bostezar, y entonces me cayó la chaucha de que ese proyecto del director de esta revista que gentilmente acoge esta nota, de hacer un concurso de poesía de vanguardia, no es tan tirado de las mechas, ya que por ahí puede contribuir a renovar un poco el lenguaje, despejarlo un poco de los clichés que banalizan verdades muy urgentes que merecerían nuestra atención plena.
Bueno, pero el fulano siguió diciendo que lo que separaba al hombre de toda la materia cósmica encarnada en astros y constelaciones, hoyos negros, enanas blancas y gigantes rojas, etc., era esa intervención en el plano natural, ese acto destructivo del hábitat de un planeta. Eso le daba la distinción de ser absolutamente único, de ir más allá del aburridor ciclo animal de vivir, reproducirse y morir, mediante este acto surrealista supremo—la destrucción de la vida en un mundo—que le daría una potestad semidivina: si no podía crear al mundo en siete días, al menos lo podía destruir en setenta o cien años. Yo no podía creer lo que me decía este potencial líder de los medioambientalistas, que me trajo a la memoria a otros chaqueteros memorables, por ejemplo a Judas, al Torquemada que siendo judío converso dedicó su vida a la destrucción de su pueblo, y a otros caracteres de la historia y la ficción, mientras medio oía al joven que me decía que además estaba bastante deprimido, que casi no salía de su cuarto, como esos centenares de miles de jóvenes y niñas japoneses que se dejan vegetar en sus diminutos cuartos roídos por la angustia, el rechazo social y la impotencia en esa sociedad de pesadilla. Entonces agarré mi bolso, me levante y me acerqué a Guagua que coqueteaba con unos empleados públicos jóvenes desde detrás del mostrador, la llevé a un lado, le pagué mi consumo y el del fulano cabizbajo que seguía sentado a la mesa, y le dije que me iba a desaparecer del café por un tiempo, que no le diera a nadie mi número de teléfono.