¿Cambia la percepción de lo leído según uno lea en la cama, al aire libre o en un bus? Cuando llegó la hora de dedicarle tiempo al libro La infancia y los exilios de Claudio Durán, me quedé embelesada contemplando los pelícanos y escuchando el acompasado ir y venir de las olas de la hermosa portada (foto de Emilio Carranza). Al leer los dos primeros versos
Quiero escribir un poema largo
como nómada de las tierras de este mundo
sentí la opresión de las paredes y del tráfago diario del entorno. Sin haber descubierto si el “nómada” era el hablante o el poema mismo, cerré el libro y al otro día me fui al alba a leerlo en voz alta a la orilla del lago (lo ideal habría sido el mar). Los espacios abiertos me ayudaron a transitar por los parajes tanto externos como internos por los cuales nos va guiando el hablante del poema “Autobiografía”, que conforma la Primera Parte (“Exilio”) del libro.
Quiero escribir tan largo que mi vida toda
se recoja en las palabras
Muy pronto en el poema se manifiesta la conciencia del hablante de que su vida —en efecto, la de todos— está determinada por el contexto geográfico, histórico y sociopolítico con el que le toca coexistir:
No me siento yo solo en esta tierra
aunque nómada sin freno
Y esas determinantes son, en su caso, la segunda guerra mundial, el reinado de la discordia contrapuesto a la meta al parecer inasible de la justicia y la paz, el encuentro con el amor y la poesía fundidos en una presencia llamada Marcela y, finalmente, lo que lo empujó al exilio:
y fue la muerte misma,
no como señora vieja ya y totalmente gastada
quien trajo mi vida a este lugar
Los tres poemas que componen esta obra trazan períodos autobiográficos, aunque el primero es el único que explicita ese carácter. El optimismo del hablante en la creencia de que alguna vez vencerá la justicia y reinará la paz se contrapone con una serie de preguntas sin respuesta salpicadas aquí y allá en el último segmento de este primer poema:
[¿]hay una lógica oculta
que transita entre mi nacimiento el día
en que hitler invadió polonia
y el asesinato masivo de mis compatriotas? [...]
[¿]quién me devolverá la sal de mi playa
o el humo blanco de las montañas?
La unidad del libro la da este hablante que, adoptando varios tonos y con vuelos poéticos a diversas alturas, se vuelca sobre sí mismo, el entorno y la familia, llevando sus cuestionamientos del plano personal al social y al filosófico.
La segunda parte, titulada “Desexilio”, contiene el poema “Santiago”:
eras simplemente en mí
lo que yo era en ti
No es tanto la pérdida de esa unión con la ciudad lo que deplora el hablante, sino la imposibilidad de encontrar el camino de regreso:
[¿]dónde te escondes, Santiago,
dónde estás de verdad
en qué paseos o calles o cerros
te escondes de mí? [...]
Dime, Santiago
que yo no soy distinto
aunque mis dedos hablen en otra lengua
dime que mis ojos todavía
caben en tus pupilas.
La desilusión aparece velada en uno de los pasajes de gran belleza poética del libro con el cual el hablante termina su apóstrofe a Santiago, que ha pasado de lo explicativo y acusatorio a la aceptación:
Ciudad, ciudad
me dejaste de querer cuando me fui [...]
Y así las calles y las herraduras de tus bicicletas
se fueron de mis ojos por el laberinto negro
de los insomnios
Es una conversación de adulto a adulto la que el hablante sostiene con “Santiago” en términos que a veces llega a ser inquisitorial y que contrasta con la voz del poema “Antofagasta” que conforma la Tercera Parte del libro (“Postexilio”). La ciudad aquí es un personaje más de sus años de crecimiento y el hablante se sienta a rememorar con ella los días de la infancia y los aconteceres diarios como podría haberlo hecho con los padres, su abuela y los amigos:
Todo sucedía contigo:
la casa
el jardín de mi madre
el pelo ondulante de mi padre
la bondad ilimitada de mi abuela
Al volver de visita a Antofagasta, no le pregunta ni le exige nada a la ciudad como lo hace con Santiago; todo lo contrario, viene a darse, a hacerle cambiar la percepción que tiene de él como niño y adolescente, como si el no hacerlo implicara el riesgo de quedarse ahí, eternamente detenido en la infancia.
He venido a visitarte
entero, maduro, circunspecto [...]
He vuelto esperando que me veas
caminar por tus avenidas
La Antofagasta de la niñez y el Santiago del hombre adulto no son los únicos referentes de la autobiografía poética que nos ofrece Claudio Durán en La infancia y los exilios. Si bien el recorrido inverso por los caminos del exilio deja en claro que no hay retorno posible, también hay evidencia de armonía y bienestar en los caminos del presente.