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Actas : Notas [an error occurred while processing this directive] Octubre 3, 2011


Comentario sobre algunos textos poéticos femeninos latinoamericanos en Canadá
Jorge Etcheverry

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En “Historia y escritura corporal en la poesía chilena y canadiense contemporánea[1]”, Naín Nómez y Fernanda Moraga, autores chilenos, se refieren así a la escritura femenina en el siglo xx: “El siglo XX es el siglo de la escritura de mujeres, no porque antes las mujeres no escribieran, sino porque lo hacían desde otras perspectivas, subalternas, menos reconocidas, desde géneros despreciados, sin el cuarto propio que pedía Virginia Woolf, desprovistas de estatus, rol social y salida al lugar público”. En esta cita resalta que la perspectiva chilena y la canadiense se hermanan bajo la égida de Virginia Wolf, símbolo tanto para las mujeres escritoras en la metrópoli, dizque mundo desarrollado,  y en la periferia, o mundo en desarrollo o neocolonia. Lo que no es de extrañar. Si bien la subordinación de la mujer es más marcada en la periferia neocolonial y dependiente que en la metrópoli norteamericana o europea, el lenguaje y discurso metropolitanos importados con la colonización es el que sienta incluso los parámetros para designar a las literaturas femeninas que pasan a ser reconocidas como tales. Lo mismo puede decirse del discurso sobre el cuerpo, de gran, pero no exclusiva presencia en la escritura femenina, no para nosotros.  La neocolonia no puede plantearse un discurso en cualquier orden de cosas que no use categorías metropolitanas, insitas en el lenguaje y concepción de mundo occidentales legados de la colonia. De los que no estamos libres y desde cuya presuposición tenemos que partir.

La cultura y la escritura se basan en concepciones de mundo e intentan expresar y sobre todo representar la así llamada ‘realidad’. Las concepciones culturales analógicas que subyacen a la simbología de lo femenino, se originen en una sola fuente o broten de la difusión desde un centro, se basan en los atributos de la gestación de vida y la calendarización física de la menstruación, con sus ciclos, ambivalencias y oposiciones. Estos dos elementos introducen en la finitud de la vida humana los aspectos alternantes y productivos percibidos en la naturaleza. De ahí la vinculación cultural analógica de la mujer con la tierra, la naturaleza, la fecundidad,  a través del cuerpo y sus procesos, las reiteradas identificaciones culturales de tierra, madre, mujer. De ahí la elevación de la mujer o su degradación en tanto generadora de una vida que en las concepciones escatológicas prevalecientes se concibe como prueba, estadía, valle de lágrimas o ejercicio kármico. También lo femenino, tematizado o no, se ve como parte del reino de lo material y vital encadenante, del ‘en sí’ que atrapa y condiciona al ‘para sí, la conciencia que brega por desasirse pero que a las finales sucumbe a la finitud. La conciencia universalizada en escencia de ‘la humanidad’ pasa  ser la ‘conciencia’ desarraigada y la definición del ser humano por antonomasia, habiendo pasado por las etapas históricas de alma, espíritu, ‘res cogitans’. Así, el cuerpo se convierte en el ambivalente territorio cultural de la mujer, sujeto a la veneración y el desprecio, fuente de corrupción, pero inevitablemente necesario para la perpetuación de la estirpe misma de los señores. El imperativo cultural del control genético por la casta masculina dominante subyace los diversos enclaustramientos, mutilaciones, segregaciones y confinamientos que por ejemplo ejercitan en diverso grado sobre la mujer las tres Religiones del Libro. Sin caer en el determinismo biológico de la cultura, hay que recordar que contemporáneamente decae el potencial germinal de los espermios y se prueba la factibidad de las haploides que acechan desde los mitos y fantasías de la posibilidad de un mundo sin hombres.

La situación de exilio/desarraigo, alineación y subordinación—esta última sobredeterminada por la pertenencia simultánea a la minoría étnica semimarginalizada y la relación de poder al interior de la pareja/familia y el mundo laboral y político—replegarían de alguna manera  a la mujer al cuerpo, en la situación de ruptura y crisis (más o menos) permanente del desarraigo, y citamos nuevamente a los investigadores ya mencionados

“Pero el fenómeno más relevante tiene que ver con una escritura que con diversos matices apunta a re-escribir la historia personal y colectiva con el cuerpo, liberando en la misma búsqueda, cuerpo, lenguaje e historia. Esta poética femenina que recorre un amplio abanico de posibilidades se muestra como la búsqueda de una identidad _de texto y de sexo_, a través de un discurso que inscribe la imagen del cuerpo al mismo tiempo que evoca la imagen de lo reprimido al hacerse ambivalente, móvil y fragmentario[2]”.

En la asunción de esta tarea de condensación, simbolización y expresión de las diferentes facetas de la dislocación producto del desarraigo, el cuerpo asume por supuesto el índice máximo de la represión. Contemporáneamente, y en nuestro ámbito cultural, el símbolo máximo de la violencia es la mujer torturada, patente en el poema olvidar no quiero de Ama Luna, y que representa un ejemplo de la aparición de elementos corporales en los textos poéticos del exilio femenino latinoamericano en Canadá.

 

Olvidar no quiero

a la sindicalista violada y torturada

cuerpo encontrado en el Playón.

 

Olvidar no quiero

el odio del enemigo

sacan uñas

sacan dientes

sacan ojos

cortan lengua

cortan dedos

cortan piernas

cortan brazos

cortan cabezas.

 

 

De alguna manera, esa elección de contenido muestra la afiliación de la emisora poética con el así llamado ‘mundo en desarrollo’ o ‘el sur’, donde un arma preferencial para la subyugación y amedrentamiento de las poblaciones es la violación y ejecución por tortura de mujeres, desde Colombia al Congo. Si la conciencia es lo que permite subsumir las víctimas y su detalle en el plan general, quizás lo particular, la particularización y su representación, ligada al cuerpo, sea una suerte de resistencia frente a lo global. La identificación de la víctima por excelencia, la mujer torturada y desmembrada, es la que se elige para representar la opresión social general. Esta es una versión de la aparición de elementos corporales en el contexto de las autoras castellanógrafas de origen latino que viven en este país.

 

Desde otra perspectiva, el poema Arquitectura blanca-azul, de Carmen Contreras, hace aparecer a una entidad femenina que se corresponde a grandes rasgos con su imagen cultural tradicional. La mendiga-bruja-madre-mujer surge a través de la sucesión ‘ojos’, ‘zapatos(pies)’, ‘manos’, que altera el orden por así decir ‘natural’de arriba abajo, que sería ojos-manos-pies.

Sinfonía discordante

de vivencias

no perturba a la mendiga

con ojos tan abiertos,

acarreando penas en los zapatos.

 

 

La alimenta sutilmente un aire

cuyo origen ella desconoce,

aunque sabe que existe

en las rugosidades más descarnadas

del mundo.

Como el océano azul que existe

contenido en sus propias manos.

La mendiga-bruja-madre-mujer

se soplará en ellas y

al abrirlas

una blanca paloma

se echará

a volar.

 

Ojos, pies y manos definen a esa arquetípica bruja, madre, mujer que sin embargo significativamente, es ante todo mendiga

 

Otra versión de la aparición de elementos corporales lo tenemos en

 

 

La noche del laurel mudo

 

de Nela Río, partes del cual reproducimos

 

sus pechos se le agrandaban

como verbenas en flor

 

Ella esperaba con labios

como granadas en celo

 

Ella esperaba a su amado,

los pezones encendidos

como granizo de fuego,

su vientre de flor cuajada

y el pubis de terciopelo

 

Labios, pezones, vientre, pubis se organizan en un orden descendente, que es el físico corporal, vertical de arriba abajo, no jerárquico ni axiológico, ya que la única jerarquía es la que se ofrece desde la perspectiva de la cabeza, descendiendo por el cuerpo, pero el poema tematiza centralmente los pechos en tanto la parte más activa y dinámica de una espera afectiva, suplantando a la manida y esperada presencia del ‘corazón’, elemento que a  estas alturas del lenguaje, no tal sólo poético, se ha desfisicado, hecho cliché, al ser equiparado a los ‘sentimientos’, sobre todo al amor.

 

En Tango de la misma autora leemos

 

Metida en los labios se deja

tararear.

Humedecida por la lengua se pega al aliento

se despereza en la garganta,

 

Música atrevida, oliendo a café y medianoche

cosquilleando el estómago

 

Toda adentro excita, crece,

Se expande

 

Labios, lengua, garganta, estómago. Aquí tenemos otra jerarquización física, de afuera hacia adentro, que paraleliza a un proceso ingestivo. El elemento sensorial se incorpora de manera totalmente corporal, fisiológica, que alude a la concepción como fecundación y no como creación de concepto. El tango, masculino en español, se origina como música y se varoniliza y produce germen. Si la norma cultural vigente es la del conocimiento perceptivo y se epitomiza en situaciones de espectáculo, re presentación o ‘misterio’, aquí el elemento musical auditivo asume un carácter más bien metabólico y de génesis.

En A casa, de Carmen Rodríguez, se deja leer una inmediata materialización física corporal, en que el pensamiento o más bien el recuerdo produce una instantánea respuesta física.

 

Cuando pienso en ti

mis pechos se agrandan

y duros

te apuntan

como flechas

untadas de dulce

pegajoso

veneno

 

Cuando pienso en ti

olorosos

palpitantes jugos

me abren

mientras camino

con éstas

mis piernas

rozando el aire tibio

plegado y hundido

explosión en ciernes

 

Entonces

en la mitad de la calle

a vista y paciencia

del mundo entero

como un chocolatín relleno

te desenvuelvo

y de a poquito

te voy metiendo en mi boca

hasta alcanzar

esa punta rosada y perpleja

 

 

Esa ligazón pensamiento y efecto físico que subordina el pensamiento-memoria al cuerpo y sus procesos (matter over mind), subvierte o invierte el moto mind over matter, introduciendo el escándalo del “mundo entero” que presencia esta anécdota y esta subversión. La realización del proceso mental es inmediatamente física.

 

Su memoria, de la misma autora, es un poema que abarca la historia vital en tres roles familiares y dos continentes. Aquí la identidad es o se resuelve en el cuerpo, en él se realiza la epifanía de la doble identidad personal, temporal y geográfica, del hablante lírico, no se trata de la expansión de la conciencia, sino del cuerpo, que literalmente se estira para llenar este contendor/continente.

 

me estiro

no alcanzo

me rompo

me extiendo

llego

dos extremos

el mismo continente

me contiene

 

me

contiene

 

 

Algo similar vemos en Ella cae con su ropaje de algodón, de Lady Rojas

 

Presurosa desfila

la patria redonda,

cargando su vientre sietemecino.

Atrás se quedan las montañas

senos desnudos y puños al aire.

Los manantiales

rompen sus fuentes

y los cauces

se desangran.

No brotó niño ni niña.

Sólo queda una inmensa gaviota

que despierta quebrada.

 

 

La patria como una mujer preñada, las características geográficas son partes funcionales del cuerpo y procesos y su devenir o historia, supongo que los podemos leer como un aborto.

Siguiendo con esta por así decir vena geográfica, la elemental corporeidad es lo que marca los cambios de la ubicación geográfica, cultural, temporal en este otro poema de Carmen Rodríguez:

 

Desnuda por ahí

 

asa del sur

niña

ojos rodillas

cola sedosa

niña taimada

niña que silba

 

casa del norte

 

mujer

piernas peludas

boca de fiera

ojos metidos

detrás de unos vidrios

mujer cínica

mujer dulce

escondida en caparazón

de caderas y tetas

 

Me voy a casa

 

 

O en esa de la misma autora, Puntada, donde se dice

 

Mi país

agudo vigilante

reside en mi hombro derecho 

 

Esa corporeización y apropiación de la geografía en el cuerpo aparece en un texto de Yolanda Duque;

 

cae sobre montañas

las curvas se asemejan

a las líneas de tu cuerpo

 

En La muda de Gabriela Etcheverry, el retorno del amado reside en la actual recomposición física

 

¿Será ese el cuerpo del amado/que por fin viene a su encuentro?/los brazos en los ¿Será ese el cuerpo del amado

que por fin viene a su encuentro?

los brazos en los brazos

los ojos en los ojos

cerrando la garganta

que la montaña

abrió en su cataclismo

empujando un torrente

de piedras y lodo.

 

¿Será ese el cuerpo del amado

que por fin viene a su encuentro?

a fundir en un roce

las mitades abiertas

a celebrar en un canto

el gran encuentro del alma.

 

 

Los elementos naturales y corporales se mezclan, que son aquí los elementos del encuentro, “el gran encuentro del alma” es corporal

En Derrotada de Aspasia Worlitzki, y para detenernos un momento en este aspecto, encontramos la presencia metonímica de los pies, que indican la circunstancia general de la protagonista

Entonces el sol brillaba y calentaba la tierra,
con mi delantal me veo en el jardín,
entre rosas y eucaliptos,
hace calor afuera.
Los pies desnudos,
sin fatiga, pequeños,
el agua fría de la acequia.

En otra parte de Su memoria, de Carmen Rodríguez, 

minero y lavandera

silicosis

sueldo en fichas

trece niños

nueve muertos

diarrea

hambre

pies pelados

ropa sucia

de patrones

cuellos

manteles

sábanas

 

Los pies también indican metonímicamente al estado personal y social

 

También aparecen los pies (adentro de los zapatos), si nos vamos de nuevo a la Arquitectura blanca-azul de Carmen Contreras

 

Sinfonía discordante

de vivencias

no perturba a la mendiga

con ojos tan abiertos,

acarreando penas en los zapatos

 

Como hemos visto en estos ejemplos anteriores un poco azarosos, una presentación de diversas instancias y elementos de la corporeidad señalan hacia la posición del cuerpo y lo corporal, y por ende la naturaleza y lo material, en una supuesta epistemé femenina. Que no sería absolutamente heterogénea respecto a las concepciones de mundo y ontologías existentes, pero que tendría en la mujer y escritora de origen latino en Canadá ciertas particularidades, configuraciones específicas. Estas pueden resultar de y expresar una situación de trasplante, marginalidad o semimarginalidad como parte  de una minoría y de sujeción a una variable subordinación en un mundo pese a todo de territorios masculinos. Lo que quizás las haga compartir elementos de una visión de mundo con otros sectores subordinados, no hegemónicos en este contexto canadiense, o en el original latinoamericano. Por ejemplo, la misma concepción de la identidad moderna, fruto del desarrollo ascendente de una burguesía europea, se transplantó a las colonias, hoy neocolonias, latinoamericanas, pero sin ocupar el horizonte epistemológico total[3]. Hay concepciones alternativas del yo y la identidad que se dejan entrever en los productos culturales latinoamericanos. En el penúltimo ejemplo que presentamos en este texto en elaboración inicial, en un poemita de Nieves Fuenzalida se corporaliza la materialidad de un árbol y la primavera se incorpora implícitamente al ciclo del proceso y estado de cosas personal.

Un viejo maple
 
Cultivo
mariposas

en

los brazos
de
un viejo maple
que
explotan
como flores
danzando
en
mi Primavera
blanca
invernal.

Pero esa transmigración no abre resquicios para la escatología. El ser humano es básicamente corporal, su contorno esencial está configurado por la piel, como para terminar, esta autora nos dice en uno de sus Fragmentos del clan

No hay huida.

Donde se guarezca

la piel humana

será alcanzada

por el dardo oscuro

y ¿porqué no brillante?

de la muerte.

 

Quizás y afortunadamente, la concepción de mundo femenina es básicamente material, materialista, con un ambientalismo si siquiera planteado, sino que asumido como natural. Quizás estos elementos lleguen a formar parte de una constelación conceptual y práctica de rescate del mundo y el hombre.

 

 

 



[1] Atenea (Concepc.), 2006, vol., no.494, p.47-66. ISSN 0718-0462.

[2] Artículo de Nómez y Moraga ya citado

[3]En mi artículo Donoso y Beckett: dos versiones del yo en emergencia , en http://www.litterae.cl/antes/litte08/marco.htm me refiero un poco a esto en el marco de la obra del prosista chileno José Donoso y la de Samuel Beckett


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