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Actas : Notas [an error occurred while processing this directive] Octubre 3, 2011


El mosaico étnico
Nieves y Miro Fuenzalida

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Los que por una u otra razón  hemos  tenido que abandonar el país natal algo perdemos y algo ganamos al vernos confrontados inevitablemente con el problema de la identidad… ¿Cómo seguir siendo lo que éramos en un mundo en donde las viejas conexiones  son reemplazadas por otras? ¿Permanecemos  fieles al pasado, adoptamos  la nueva  identidad que se nos ofrece  o nos quedamos indefinidamente “entre medio” desde donde miramos el mundo y  negociamos  nuestro ser?

Cuando hace ya más de  treinta y cinco años llegamos a Canadá no terminábamos de maravillarnos de la rica multiplicidad étnica que poblaba esta tierra… chinos, japoneses, vietnamitas, coreanos, hindúes, paquistanos, judíos, jamaicanos, haitianos, griegos, italianos, portugueses, españoles, franceses, rusos, turcos, salvadoreños, cubanos, mejicanos y tantos otros. Dentro de esta variedad inevitablemente no dejábamos de maravillarnos… ¿Cómo el estado construye al canadiense a partir de  esta inmensa multiplicidad humana? ¿Y cuál es el lugar que, como inmigrantes, nos  asigna?     

De acuerdo a la visión oficial Canadiense el  multiculturalismo que caracteriza al país se extiende por más de cinco centurias, incluso más allá del momento en que los colonizadores europeos llegaron para unirse a la población indígena, porque esta ya era multicultural y multilinguista.  A pesar de lo absurdo de esta afirmación, ello no ha impedido que se transforme en el significante central en la imaginación nacional, como hace notar Richard Day en “Constructing the Official Canadien…”. Y es la metáfora del mosaico la que le ha dado sustancia ayudando a producir la imagen del canadiense  y la unidad del país a partir de la diversidad de tipos humanos que ya empezaba  a adquirir formas peligrosas a principio del siglo XX.  Lo curioso es que, en un sentido inesperado, la figura del Mosaico también funciona como el objeto deseado que siempre fracasamos en obtener. En el fondo, ser canadiense significa… circular indefinidamente en torno a un objeto imposible. 

Para los colonizadores europeos los problemas empezaron en el momento mismo en que encontraron al salvaje que trataron de eliminar a través del desplazamiento, contenimiento, exterminación y, en algunos casos, asimilación. Cuando los franceses cambiaron el estatus de colonizadores a colonizados, los ingleses lo consideraron un problema de manejo adicional, una población que tenía que ser disciplinada, apaciguada, transportada, asimilada y, en última instancia, integrada. En 1903 los registros empiezan a mostrar la existencia de  no menos de 90 grupos de diverso origen causándole a los ingleses y franceses el miedo de ser ahogados por el torrente inmigratorio. El mayor y más importante problema de  Norte  América, decía James Sparling ,un autor de la época, es buscar cómo la inundación inmigratoria puede ser asimilada y transformada en ciudadanos de la Commonwealths. La diversidad de “razas”, lenguajes, religiones y culturas  empieza a verse desde ese momento como una amenaza nacional de proporciones históricas que exige una política gubernamental eficaz para su contenimiento. La metáfora de la  “inundación” se transforma en el cliché  de la retórica inmigratoria que requiere la construcción de diques para  controlar su flujo. La amenaza de la diversidad se problematiza, se publicita y se representa como insoluble. La masa de datos acumulados solo ayuda a consolidar la idea de un desastre natural inminente causado por esta presión. Pero, también ayuda a organizar la masa de acuerdo a una jerarquía discriminatoria de tipos humanos, característica de la historia Europea. En la cúspide, los inmigrantes de las islas Británicas. “Ellos son de nuestra misma sangre”. Luego, los europeos del norte. Los franceses venían en quinto lugar. Más abajo de la escala, los del este y sur de Europa seguidos, por último, de “Los orientales” que no pueden ser asimilados”. “Es imposible hacer a uno de ellos, uno de nosotros”. El problema es que… ellos están aquí. ¿Cómo traer orden dentro del caos? Si iba a existir una unidad canadiense tenia que ser construida a partir de los  remanentes del colonialismo europeo.

En 1926 aparece “The Canadian Mosaic” de la escritora Kate Foster que presenta la diversidad canadiense como un conjunto de problemas y soluciones en donde las dificultades proporcionan los medios que pueden resolverlos. Su contribución fue la introducción de la metáfora del mosaico. “En la construcción de una nación  se requieren todo tipo de materiales. La tarea es ajustar las pequeñas piezas para crear un diseño, incluyendo las más humildes”.  Pero, advierte, es necesario tener cuidado en que una no invada a la otra. Este es el  primer intento en distinguir entre asimilación e integración. El mosaico aparece como permitiendo la existencia de una cierta diferencia. El canadiense ya no es una entidad fija, sino un objeto en flujo que lentamente evoluciona a partir de las diferencias que lo componen.  Por primera vez, dice Richard Day, aparece en la historia de la nación una idea realmente nueva. Solo que, inmediatamente, es atrapada  por  la mentalidad colonialista de la misma autora. “Como en las otras artes, el diseño es de importancia suprema”, dice refiriéndose al mosaico. Y el diseño implica un diseñador que debe conocer su material so pena de fracasar. Una limitada  inmigración selectiva es la respuesta a nuestros problemas y los seleccionados deben proceder preferiblemente  del “stock” británico o de los europeos menos difíciles de asimilar. La diferencia es respetada… pero después de ser purificada.

Durante el resto de la centuria el discurso de la diversidad se mueve del “problema de la inmigración” al problema de la “naturalización”,  de cómo prevenir la entrada a la diversidad  a cómo transformar la diversidad en buenos canadienses.  En el texto  “Royal Commission on Bilingualism and Biculturalism 1969” leemos que se espera que los programas actuales dejen atrás  los intentos fracasados de asimilación  y se pueda encontrar una nueva forma de resolver el problema de la diversidad. Esta nueva forma fue la “integración”. A diferencia de la asimilación, que elimina las características etnoculturales distintivas del grupo, la integración  garantiza la completa participación del individuo o del grupo en la vida política, económica, social y cultural del país.  Aunque no se dice, uno puede presumir que a  las características distintivas del grupo se las deja existir. En la asimilación uno renuncia a ser otro para ser  lo mismo. En la integración uno adopta lo mismo sin renunciar a lo otro. Esta es la paradójica situación del inmigrante. En la dicotomía del nosotros/ellos somos parte del nosotros y, al mismo tiempo, parte de ellos. Somos lo mismo y lo diferente.

En el documento ¿Multiculturalism: What is it Really About? de 1991 se reconoce que, después de haber tratado diferentes modelos de asimilación, las políticas de integración funcionan mejor que cualquier otra.  Sin embargo, a pesar de las diferencias entre ellas, ambos dividen el mundo social  entre el grupo dominante y la diversidad de los otros  que requiere de métodos burocráticos racionales para su manejo. En la asimilación los “otros” deben conformarse a la mayoría. En la integración, a la “sociedad común”, la sociedad del mosaico diseñado por el grupo canónico. En este nuevo modelo mejorado de jerarquización etnocultural,  la metáfora del mosaico, que adquiere estatus hegemónico en el discurso público,  presenta al canadiense como un ser multicultural. “Multiculturalismo… es inseparable de los valores fundamentales del ciudadano canadiense, basados en los principios de igualdad, diversidad y comunidad”.  La característica más sobresaliente del mosaico es la espacializacion del concepto de diversidad expresada por la variedad de colores que lo componen y que, a pesar de ser el color la base que sirve para establecer similaridades y diferencias,  ninguno color ocupa una posición estructuralmente superior. El resultado es la unidad en la diversidad. Esta última está presente, pero solo en el contexto de un todo perfectamente integrado según un modelo concientemente planeado. El mosaico es preservado como símbolo nacional sin que ninguna de sus partes exceda sus límites.

 Lograr una relativa unidad nacional requiere la construcción de un conjunto de características universales que le permitan a la nación conocerse a sí misma. De particular interés aquí es la figura del mosaico de tres dimensiones, “The Nacional Jewel”, al sugerir que, a pesar de la variedad de su superficie, dentro de él encontramos una  verdad común para todos los canadienses. El problema es que por mucho que se mire  en las profundidades del mosaico en busca de la  identidad nacional, esta siempre se escapa, a pesar de los reiterados intentos del estado en diseñar un sistema que fije los parámetros ciudadanos. En el fondo, no sabemos qué significa ser canadiense  porque hay demasiadas diferencias que previenen ver la identidad. Con sus trajes, su música, sus comidas y olores ellos impiden el nosotros dando origen, de cuando en cuando, a variadas expresiones de resentimiento y racismo. Según Richard Day,  lo que más inquieta al canadiense oficial es que “ellos” poseen naturalmente  un conjunto típico de características que él no posee. Si “ellos” fueran como “nosotros”  la cuestión  de la unidad nacional no existiría. El problema es que no sabemos lo que somos. Este es el círculo del cual el canadiense no  puede salir.

“The National Jewel” sirve la función de naturalizar la diversidad y darle sustancia a la búsqueda unificante, pero imposible, de la identidad. La historia de las naciones muestra que es una causa nacional la que frecuentemente permite nivelar las diferencias  y producir al individuo propio de las democracias. El estado canadiense, por el contrario, intenta crear una nación en donde  los grupos étnicos en general, y ninguno en particular, puedan disfrutar del simulacro de poseer y perder la identidad simultáneamente.

La ausencia de una fuerte identidad, a diferencia de Francia o Alemania, puede que, al final, sea una ventaja. La solución canadiense, en lugar de estar detrás de la evolución europea,  muy bien puede que esté por delante. Constantemente se escucha que el multiculturalismo está muriendo. El mismo estado se ha colocado a la defensiva al admitir que, hasta el momento, las políticas y programas que ha desarrollado han fracasado en producir la unidad nacional y, quizás, solo han contribuido a crear una diversidad más problemática. La verdad, sin embargo, es que la diversidad canadiense ha existido desde hace bastante tiempo y el estado siempre ha sido capaz de responder a cualquier dificultad que se le cruce. Solo que, cualquiera sea la visión de los que sostienen el discurso de la diversidad, saben que no pueden renunciar a la búsqueda del “ser canadiense” sin arriesgar la perdida de la fantasía nacional. 

Desde el momento en que el canadiense oficial no puede tomar posesión última de  su ser, que se oculta debajo de la superficie, se conforma con ocupar un lugar en la superficie en donde recorta una identidad junto a otros que también buscan y fracasan en lograr la misma verdad. Cuando uno mira el patriotismo exacerbado de los yanquis  uno piensa que, tal vez,  la superficie sea, no solo el mejor lugar, sino el único lugar. Y no hay razón para no disfrutarlo.

Nieves y Miro  Fuenzalida.

Ottawa, Ontario, Julio 4, 2010.  


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