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Actas : Notas [an error occurred while processing this directive] Octubre 3, 2011


El occidente y el marxismo I
Edgardo Sapiaín

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La vigencia de la ‘izquierda’ y el ‘marxismo’; el programa de izquierda: la utopía ausente. El marxismo occidental del siglo veinte. Israel/Palestina, una aporía de la izquierda

 

¿Se puede aún pretender que se habla de lo mismo cuando de dice ‘izquierda’ y ‘marxismo’?. Evidentemente no. Quizás y alargándolo bastante, tampoco cuando se hable de leninismo, ya que en estos términos habría que concluir en general que la así llamada globalización es otra etapa de desarrollo del imperialismo. Esa ‘fase superior del capitalismo’, sistema que aún se adapta y transforma los medios de producción, porque sus posibilidades no se habrían agotado, pese a seguir coexistiendo en forma ‘desigual y combinada’con estructuras feudales, presentes en gran parte de los continentes que fueron colonias europeas, como África y Asia, por ejemplo en las zonas feudales teocráticas de Afganistán o Pakistán, o neo feudales, como la simbiosis entre sectores de poblacionales urbanos marginales y los señores de la droga y las pandillas, como en Brasil y México. El imperialismo está en proceso de globalización, una subetapa de esa fase superior del capitalismo, que parece ir cambiando—para no usar el engañoso término ‘evolucionando’ para no caer en el progresismo—hacia una etapa de mayor y universal consolidación. Quizás por ahora no podamos concebir esta etapa en plenitud, y aventuramos que consistirá en parte en la división del mundo y sus recursos y seres humanos entre varios polos imperialistas con su propia zona de influencia (Estados Unidos, India, China, la Unión Europea, Arabia saudita, Rusia y Cía, Irán, algunos de los que se vislumbran por ahora). Estos subimperialismos regionales operarían dentro de un consenso basado en el poder nuclear, y se expresaría en acuerdos internacionales en una situación más o menos carente de conflicto serio, pero plagada de conflictos de baja o mediana intensidad, que darían cabida a los constantes reacomodos geopolíticos de influencia en áreas dependientes o neolocoloniales, y mantendrían activa la economía de guerra, que abarca una porción cada vez mayor de la economía general y es una fuente creciente de empleo y de investigación con sus vastos recursos económicos, materiales y de inteligencia, en forma orgánica (armadas, ejércitos) e inorgánica (diversos movimientos irregulares, carteles de drogas armados, milicias religiosas o escuadras de la muerte).

 

Para Marx hubieran sido impensables ciertas formas que asume la izquierda en la actualidad, como respuesta a situaciones concretas e inabolibles que le han planteado desafíos hasta cierto punto inéditos. Lenin, en cambio, la podría haber orientado de manera de abarcar los enfrentamientos tácticos sin perder de vista sus objetivos estratégicos programáticos, de los que la izquierda en la actualidad pareciera en gran medida carecer.

 

Pensamos que a grandes rasgos y de una manera utópica, las bases programáticas de un socialismo actual tendrían que ser mundiales: un mundo socializado en lo que respecta a la producción, distribución y consumo de los bienes esenciales para la base material de la vida humana, la universalización en tanto derechos inalienables de la educación y la salud. La equivalencia humana, legal y práctica de mujeres y hombres y de los diversos grupos étnicos y manifestaciones etnoculturales. El ejercicio libre de la sexualidad mutuamente consensual. La secularización y naturalización social del meollo moral y ético subyacente a los así llamados mandamientos de las religiones, suprimiendo sus estructuras de poder y su generación de plusvalía económica y cultural. La integración del equilibrio ambiental en los planes de la explotación y aprovechamiento de los recursos naturales, para acercarse a una meta de la stasis: 0 desarrollo económico, 0 aumento de la población. Claro está que este barrunto de un posible programa socialista unificado y abarcador como el anterior, huele un poco a ciencia ficción y no puede tener concreción ni siquiera a manera programática o pre programática. O se si hace en forma de programa, tendría en la actualidad que adoptar un carácter semiclandestino, ya que en muchas situaciones regionales o nacionales en el mundo, la izquierda implícita o explícitamente apoya la lucha de poblaciones enteras guiadas por sectores dirigentes que parecen empeñados a la vez que en legítimas tareas de autonomía o independencia regionales, en políticas de exclusivismo y limpieza etnocultural o de totalitarismo religioso. Este apoyo de la izquierda es muchas veces irrestricto y traslaticio—al identificar automáticamente como bueno y positivo a cualquier enemigo del imperialismo principal, los EEUU—sustrayéndose así al planteamiento de un discurso socialista y revolucionario a futuro en aras de mantener una política ‘antiimperialista’ en el presente. ¿Cómo se podría por ejemplo apoyar y saludar la lucha por la autonomía de Palestina encabezada por Hamas y a la vez llamar a las mujeres y a los trabajadores palestinos a luchar para el derrocamiento de la teocracia y la implantación del socialismo?. En el horizonte de posibilidades de la izquierda actual, la posibilidad de un discurso programático socialista concreto para muchas regiones conflictivas ni siquiera es eso, una posibilidad, porque ni siquiera se ha planteado. Y quizás ni siquiera pueda plantearse.

 

En el siglo pasado, ‘modernista’, había un mundo dividido en bloques en que se enfrentaban  un mundo occidental capitalista y  un bloque socialista, luego de una guerra mundial entre una versión racista, autoritaria, autocrática y xenófoba del capitalismo, y el capitalismo ‘moderno’, democrático y de valores humanistas, en general compartidos por el mundo socialista—los excesos del régimen de  Stalin eran en general negados como propaganda occidental. El socialismo se basaba en el concepto demócrata de un ‘centralismo democrático’ y en la ‘democracia proletaria’ y Sartre sostenía que el marxismo era un humanismo. Se trataba de una guerra europea, la última de las guerras mundiales, y el mundo ex colonial, colonial y dependiente finalizaba sus procesos de liberación nacional y muchas veces adoptaba gobiernos de tipo republicano democrático según el modelo occidental o se declaraban democracias populares. Los partidos socialistas nacionalistas como los Bahai impulsaban y lograban las independencias nacionales de Egipto y Siria por ejemplo. Israel se formaba contra la voluntad de la Unión Soviética que defendía y se alineaba en general con los países árabes y no alineados, cuyas no muy anteriores luchas de liberación nacional se habían llevado a cabo a través de partidos o movimientos decididamente de izquierda en la mayoría de los casos.

 

A pesar de eso, el espectáculo de las granjas colectivas israelitas defendiéndose contra bandas tribales feudales, era muy diferente al que ofrece el Israel actual, cuya única forma de supervivencia en la actual repartición de poder regional, es la existencia de una crisis permanente que al poner en juego la preponderancia del ‘occidente’ en el área, coloca sus recursos detrás del sostenimiento del estado israelí. La existencia de este estado se cuestiona cada vez más, no tan sólo ya en términos de la legitimidad  de su implantación y el desplazamiento de los habitantes palestinos que no quisieron integrarse. Después de todo, ese proceso de arbitrariedad institucional colonial es una versión breve y súbita de procesos que en otros casos pueden tomar milenios, como en caso vasco. Lo que se cuestiona ahora es la existencia misma de un enclave judío en el área. Existe entre los interesados directos la preponderancia de un discurso etnofóbico y religioso, que es distinto al de los liberales occidentales que esgrimen en este caso la argumentación más universal de la auodeterminación de los pueblos y el derecho a un estado nacional. Este derecho se ve como un derecho intrínseco de las agrupaciones etnoculturales con certificado de buena conducta (caso Kosovo) y que no van a contrapelo de los intereses establecidos, y lo esgrimen los demócratas y liberales del occidente y además la izquierda, que agrega básicamente su terminología canónica (fascismo, imperialismo, etc.), pero que carece de todo planteamiento prográmático o discurso distintivo para esa situación.

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