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Octubre 3, 2011 |
Una nueva versión del éxtasis—rapture que le llaman los gringos canutos de algunas sectas—se parece mucho, y a lo mejor tiene que ver, con las historias y testimonios de rapto por extraterrestres. En ambos casos una intervención foránea—extraterrestre en un caso y divina en el otro—hacen desaparecer físicamente a la sosodicha o al susodicho y los transfieren a un ámbito superior: el cielo o el vientre de la nave espacial. Esa es por lo menos la nueva teoría de Deuteronomio Rivera, que ahora con su hermano mayor Apocalipsis, están tratando de conseguir un préstamo para instalar un boliche con otros socios, una cooperativa, una especie de club nocturno chico que tenga como principal atracción un elemento cómico, con chistes y números con humor étnico, que tome un poco en chunga a la política, la religión, cosas así. O al menos lo estaban averiguando. Me podían haber preguntado a mí primero, que tengo alguna experiencia en eso de tratar de conseguir financiamiento, con resultados regulares eso sí, por todos esos años de lo que se llama activista cultural—no promotor, que así se llama uno cuando empieza a hacer plata. Les hubiera dicho que estaban sumamente desubicados, que en qué realidad vivían, que como estaban las cosas acá es imposible hacer una cosa así, especialmente en esta ciudad capital con atmósfera de pueblo chico, donde una estrecha mentalidad materializada en ya muchos años de gobiernos conservadores se deja sentir como una pesada capa de plomo sobre las ideas, la cultura, la ciencia y el arte de esta nación, tan rica en recursos materiales y cuyo sistema de beneficios sociales cada vez se degrada más en manos de grupos interesados muy rapaces, aunque de apariencia moderada y tranquila. Pero ya nos estamos yendo por los cerros de Úbeda, como dicen los españoles.
Deuteronomio por otro lado está redactando una nota, o artículo, que no sé dónde lo quiere publicar, si es que se lo aceptan, sobre el erotismo de los velos o de esos otros trajes largos negros de nombre impronunciable con un hoyito a la altura de los ojos, ustedes saben a qué me refiero. “No hay ningún tipo hecho y derecho que no se imagine que por debajo esas niñas andan desnudas” me dijo con vehemencia y se tomó un trago largo de cerveza. Deute—como le decimos los latinos de aquí—me dijo también, en tono más serio, que esas imaginaciones tenían precedente en esas otras elucubraciones de que eran objeto casi tradicional las monjas de largo y suelto atuendo oscuro en nuestro continente mestizo de habla primordialmente hispana, que en todas las culturas la mujer enclaustrada, cubierta o limitada físicamente de una manera u otra despierta la concupiscencia masculina. Que todo eso tiene que ver con la urgencia del varón primate humano de controlar la hembra y por ende la descendencia, la propagación de sus genes. Que el control y la pacatez contra la mujer es la otra cara de la calentura del macho. Tremenda novedad, pensaba yo, cuando para donde uno se de vuelta se encuentra con fulanos a los que lo único que le falta es la cola. Claro que él lo expresaba con otras palabras, más difíciles, que yo puedo resumir de manera más sencilla, afortunadamente yo tengo estudios universitarios en mi país—que en esos años era en realidad una cosa muy distinta del país de ahora. A él le acaban de reconocer algunos créditos por sus estudios en la universidad de su país de origen y acaba de entrar a estudiar Sicología en una de las universidades locales. En su artículo o nota él va a usar a Freud, a Reich, y quizás a algunos otros más nuevitos como el Deleuze o el Derrida, ya no me acuerdo, que debo confesar que no he leído, ni que creo que vaya a leer a estas alturas. Pero a lo que iba, lo otro que me comentó fue eso, esa similitud entre ese concepto de las raptures de los gringos protestantes y de los raptos por extraterrestres cuyos testimonios abundan y podrían llenar volúmenes, lo que efectivamente hacen. Eso no tiene nada de extraordinario, ya que casi no hay simpleza o concepción ridícula que no encuentre su rinconcito en la cultura de masas no tan sólo norteamericana, que a veces es un rinconazo con millones de creyentes a pies juntillas. No entendía entonces el ardor del Deute cuando me hablaba de eso que para uno es bastante evidente, hasta que me cayó la chaucha, que es como decíamos en mi (lejana) juventud en vez de ‘me di cuenta’. Los Rivera, él y su hermano Apocalipsis, son hijos de una familia muy devota de una secta o iglesia protestante, aunque después se hayan puesto ateos, y para mí que todavía, de alguna manera u otra y aunque no lo sepan, tienen todavía una patita adentro de la religión. Ya se les va a pasar con el tiempo. Esos dilemas los puedo entender pero como que no me calientan mucho, como viejo marxista comefraile que era y que creo que todavía soy—a más viejo más pendejo— y para mí la religión, incluso en estos tiempos que corren y todavía más que antes—no hay más que abrir el diario, prender la tele—es el opio de los pueblos.
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