Jorge, hombre, mira, soplan malos vientos. Te lo digo, te lo decimos—no pretendo hablar sólo por mí mismo—, para que te cuides, para que andes siempre con la sombra pegada a los talones. Ya no eres joven, ya no puedes y a lo mejor no quieres dejarte llevar por las brisas y ventoleras que soplan desde el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, como voces cristalinas de pájaros, o mejor de mujeres jóvenes que te solicitan. Tu silueta ya no se yergue en el ápice mismo del techo del tiempo, señalando con tu pluma, tus gestos, tu mismo perfil obediente la dirección de donde provienen las corrientes eólicas, incluso las menos perceptibles, girando entonces, mostrando con tu perfil la orientación, el destino de esas corrientes, instalado como pareciera, como parecía, ya que estamos hablándote de días ya idos, en la cúspide misma de la construcción más alta de esa ciudad antañona, puede que haya sido una iglesia, que a su vez se empinaba en alguna elevación del terreno, ¿cómo si no podías desde ese sitial abarcar toda la extensión de tejados que se perdía hasta difuminarse?, —en el nacimiento de las faldas cordilleranas, vagamente disimulados por una neblina perpetua, o hacia el otro lado, hacia el cual la perspectiva se hace plana y de donde las brisas que te llegan y te orientan brindan un vago tinte de sal, de podredumbre de algas casi imperceptible
Como un gallo de metal, por otra parte tu símbolo en el calendario chino, te erguías ofreciendo tu perfil a los vientos de la historia, sobre esa ciudad que era el país mismo (la mitad de su población se aglomera en ese radio urbano). Pero tu inextinguible y ciego orgullo juvenil no te dejaba advertir dos cosas. Uno, en ese inclinarse y seguir los vientos e incluso ventarrones de la historia no hacías nada más que obedecer, quizás tu aleación era más liviana, el empotramiento de tu vara en esa torre, por otro lado ni la más alta ni la única, permitió giros más rápidos. Dos, que fuiste una entre la miríada de veletas que decoraban los innúmeros tejados de esos tiempos, ese país, cada una ensimismada en su propia escucha del viento, tratando de obedecer con su inclinación un rumbo que quizás llevara a una historia más digna, incluso utópica. Pero ese individualismo casi catatónico que nos marca y separa de otras naciones de nuestra misma región nos mantenía separados en nuestros respectivos ápices, obedientes al viento pero en forma individual, sin contacto con esa otra leve silueta en el tope de ese otro tejado, quizás vecino nuestro. Y así fue que esa tempestad de sangre te arrebató, nos tumbó desde nuestros sitiales. Soplan malos vientos, ahora, o a lo mejor siguen soplando. Evita los tejados más altos y mantente por el contrario pegado al suelo. Mira hacia lo alto de esos edificios modernos. En uno de ellos hay otra veleta, de una aleación que le permite doblarse casi hasta partirse en dos si el golpe de viento es muy súbito y la pilla de costado, antes de recuperarse y orientarse dócilmente hacia la dirección indicada.