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Actas : Poesía [an error occurred while processing this directive] Octubre 3, 2011


Seis poetas universitarios (Chile, 1965)
Martínez, Silva, Gómez-Rogers, Etcheverry, Evans, Araya

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 Versión Impresora 

Franklin Martínez Richards

 

 

 

Quedo recostado en silencio con los ojos muy abiertos

hipnotizado por la enrarecida atmósfera de mi cuarto subterráneo

mientras, dentro de mi cráneo, un furioso reloj

parece acelerar su inmenso sonido de metal

y olvidado mi cuerpo navega insensible en la obscuridad

después que un frío electrizado

fue dibujado en la espiral de mis. ojos

por demonios que acechaban en mi recuerdo

tengo ahora ese frío en mi espalda

diciéndome entre danzas agitadas

"No lo has visto todo aún, amigo,

te llevaremos algún día por sendas iluminadas

para mostrarte el hacha de nuestro verdugo".

 

                    ***

 

Fulgente abrasador centro de la luz infinita de soles

que hunden destructores sus brazos en la geometría diversa de la materia

haciendo girar aceleradamente el horizonte

cuando como un grito desmesurado

rueda en carruaje crepuscular luminoso convertido

dibujando el abismo y la profundidad tenebrosa del abismo

y extendiendo una ebriedad desintegradora

una rabiosa necesidad de la absoluta música

que guarda sumergido en las honduras extendidas

secreto perturbador de la roca ancestral

hasta donde cae sumido en el vértigo el auriga

en obscura, demencial carrera sin fin.-

 

 

 

Con el silencio en los oídos

muy alterados por la falta de oxígeno,

 

 

Vemos alejarse los fanales en el mar, relucientes,

y pensamos que sería bueno hablarles cariñosamente

hasta que de pronto se llenan de sangre

y alguien se ahoga entre sus últimas visiones,

mirando hacia un horizonte brillante al mediodía

queriendo romper los muros transparentes

alzar un vuelo que lo lleve

al centro incendiado de los mares,

y no más ahogos y no más sollozos

pero se hunden lentamente

las naves de vidrio como sólidas burbujas

en el petróleo espeso que refleja un cielo claro,

sin nubes.-

 

 

 

            Jaime Silva Iriarte

 

 

            El habitante y los recuerdos

 

Niña que te empecinas en ser madre

escucha entre los fríos rieles

el consejo del habitante

a la pasada de los trenes

 

Un día

exactamente uno de los tantos

el cuadro de la vieja casa nuestra

sacudida por los temblores

dejó caer lo prohibido

como una manzana roja, harinosa de pecado

aleteante e indiferente como e1 pleno corazón tuyo

 

El cuadro de la vieja casa nuestra

cubre los recuerdos de los años de mi infancia

la cama de mis padres a la distancia de los males

perfilando el negro botón de mi marrueco

abierto entre mudanzas de ciudades

en medio de los hombros de mi padre

anchos y lejanos como el cascarón de los fieles

 

Siempre enmudecido de miedo

sin explicación ninguna por entonces

lo que se entrega en cada noche

en honor a la mujer que se escurre por los sueños

poniendo orden y sentido al placer más extraño

en la soledad de los desórdenes

en botellas mal bebidas por los tíos

en medio de jaulas de pájaros desesperados

que revolotean siempre lo que dejan los pecados

y el hermano mayor que no se conoce,

de piernas largas y velludas

y bigotes de padre ferroviario

 

El árbol más largo de la memoria

cubre el estado de mis ojos

puestos entre dos rieles definitivos

alargándose hasta ti por las confesiones

del niño empecinado en ser padre

 

 

 

            Los internos

 

 

Los caminos en que los perdimos los trató de unir los juegos de la inocencia

sabiendo por mi parte que todo era una jugada de los sueños

Hoy atraviesa el bullicio de los internos

el aullido de los pisos

en las noches tiradas por las ventanas

en persecución del beso de una colegiala

los juegos peligrosos de los internos eran nuestra común atención

de cama en cama había un recuento de vejez

éramos los testigos de los males

que después fueron virtudes para unos cuantos licenciados

Tratábamos de emprender la búsqueda de las mujeres por parques adyacentes

dejamos en la portería los avisos del insomnio

por temor a la venganza de los perros

que son empujados por estas cosas del pecado

íbamos seguro de encontrarlas

volvíamos tiritando de placer

había un entrecruzamiento de senos

y los pasos del inspector eran los pasos del infierno

tumbas llenas de sangre nos salían al encuentro

las ahuyentábamos con miradas espantosas

que permanecían hasta entrada la mañana

y eran el gozo de todos los compañeros

las andanzas tuvieron como refugio algunos baños

donde vomitar en el recuento de un día más

cada día era un manotazo en la mejilla

fuimos pocos nosotros los débiles

cada mañana era un acercamiento de los ojos a la tierra

el toque de las campanas adquiría las dimensiones opacas de los velorios

por cada muerte había un día más de vida.

 

 

 

            Jaime Gómez-Rogers

 

 

            Sólo los árboles

 

Los árboles se quedarán de pie

para contarlo

o se sucederán de rama en raíz

de tierra en nebulosa,

escribirán la historia

- tu historia -

para los hijos del tiempo.

Toda la soledad

la angustia derramada

toda la sombra

en las estrías profundas del Alerce

en la madera húmeda del álamo

- tus manos -

para cuando la tierra se llame mañana

En el perfil de la copa el labio

dejó marcada su. pregunta,

eso fue todo, o casi todo, aquella vez

el diálogo que alcanzaron con sus gestos.

Él es el último ser sobre la tierra

ella fue la última semilla

La historia se llama Desafío

las lágrimas se llaman Infinito

El hombre-la mujer

se miran por primera vez a los ojos.

Pero por qué? por qué?

dónde?

dónde el hombre podía encontrar

la respuesta de su camino?

dónde el espejo que lo contuviera?

El hombre buscó la imagen de su soledad.

De profundidad

océano

montaña -su voz-

como un lagarto sin ojos derramada .

A la caída última del sol

el vuelo diagonal de una gaviota

marcaba el ritmo del tiempo.

El péndulo de metal

dio siete gritos negros

la luz

la luz

los huesos de la tierra

el mar

el mar

la sangre que se apaga.

El hongo que nace se agiganta

entre tus dedos

y te agrieta las venas con cuchillos

Dentro de ti la piedra

dentro de ti la noche los tambores.

 

            II

 

Los ángeles de la noche

vinieron

de dos en dos

de espada en espada

arando con hortiga los latidos

oscureciendo el cielo con sus alas.

El viento pasó detuvo su brazo transparente

su enorme corazón abierto por las calles

a sangre y fuego

cemento y fuego golpeando

con espuelas de hierro la ceniza

hiriendo

silvando entre las rocas

con un ritmo de siglos atrapados.

Volverán

 te llamarán por tu nombre un día

 te buscarán con linternas azules

 en la frente

 y tú estarás gimiendo en las raíces

 la última palabra del otoño.

 Escucharás de lejos volver a tus hermanos

 armados de insultos y rechazos

 con un murmullo de fulgores

avanzarán rompiendo las aldabas.

Y esa red de calles paralelas

la ciudad del silencio sostenido

con su índice quebrado hacia la altura

con su huella de sangre coagulada

con su acusadora preñez de hierros y de bombas

donde el dinosaurio se detuvo

se cubrirá de pasos

otra vez

de voces que suben del abismo

 y será como si los recuerdos volviesen de las sombras

 a buscar su identidad en el camino.

Sólo tú no estarás cuando te llamen.

Pero por qué?

dónde?

en qué punto exacto de la esfera?

perdiste la última sonrisa?

dónde tu soledad?

tu llanto de animal herido y solitario

dónde cabe?

Sólo tú no estarás cuando te llamen

y la modulación de los insectos

recobre su artificio de violines,

el mar ilumine sus pupilas

en la cóncava oscuridad que le dejaste

entre piedra y piedra

entre sol y piedra

irán germinando los metales.

Y de la fuente

ribera

mar un día

el vegetal recobre su semilla.

Entonces, tal vez, los árboles

los árboles

volverán por sus raíces a la tierra.

 

 

            Jorge Etcheverry Arcaya

 

 

            Salgan mensajeros anunciando la nueva           de puerta en puerta

            Palomas surquen raudas de amplias alas inmóviles, amenazan­do caer sobre la nuca de los herejes.

            Ha vuelto

de los sotos sombríos de las taperas donde yacía con morenos

            Hijos del sol. Sin palabras de los cuartos de pensión de los hoteles de oprobio adornados en su desnudez por ágiles baratas

            de las plazas sucias alfombra de hojas y periódicos viejos.

            De las esquinas cálidas hijas del claroscuro y la sangre

            De sus manos a mí; no ya la carne que no la tuvo nunca, no

ya los labios de violeta enfermos

            Rescató el cielo de sus ojos de la cloaca       los lavó con san­gre puliéndolos con lágrimas.

            Sus canas sólo para mí brillan      sólo para mí Los vitra­les de Ravena

            Sólo para Teodora la casta hierática.

            De la sombra de las catedrales góticas,

            Su carne se quemaba entre los espinos

            Al calor de las hermanas provincianas en los tangos.

            Para las venas de los hombres que fracasan por las calles, en las oficinas y obras públicas. Vueltos hacia dentro; gárrulos preocupa­dos de su vestimenta.

            O para los jóvenes de llamativas chombas que corren apenas tocando con los pies de la necesidad lo que tocamos, es decir, el suelo gastado

            pero no sigo en este tren que me llevará muy lejos hacia los montes del viento y las rocas grises, extáticas de aristas, hacia profun­didades arqueológicas

            O futuros brillantes de metal incorpóreo que late filigrana contra el fondo del espacio. No al orco, no a los cielos

            en que piensan los huérfanos del mundo ...

            Yo no tengo castigo para ti, que no sabes

yo no tengo sino mi palabra

anunciada por viejos libros de gastadas portadas de cuero y cierres de herrumbre            Con selvas de hongos floreciendo entre sus páginas

            Y por viejos sueños de infancia pintados de acuarela con co­lores primarios

            No la hermana de carne que se quedó lejos. Judá, para ti no hay redención de sus pupilas

            para ti los becerros de oro en la dispersión de tus res­tos por los cuatro puntos cardinales

            y tus harapos bajo las ruedas de los coches último modelo

 

            No resuelvas el nudo gordiano

            No interpeles a la esfinge con tus chistes de mal gusto

            No invoques a Balo en los fortines palestinos

            No deshojes la rosa de Martín

            No te quemes la mano ni te cortes la oreja

            No estudies filosofía en Heildelberg

            No vayas a Italia, a quemarte el cerebro, Federico

            No revolotéis en la luz, polillas, noctilucas, fuegos fatuos de la estepa, vizcaínos pascuenses, judíos en la diáspora

            Ella es luz y fuego. No toméis sus cabellos ni miréis sus ojos

Dios os manda que os vistáis de negro, os castréis con vuestras propias manos.

            Que hagáis clases en un liceo de provincia

            Que trabajéis en una repartición pública

Celebráis los honomásticos familiares en casa de las tías viejas

Como un perrazo negro por años al calor parejo de las cosas.­

­

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

            Oscar Evans

 

            Cómo olvidar

 

Ay aquel corso con su carruaje estatuado de inmóviles reinas y dichosos de ágiles serpentinas,

mientras los fuegos artificiales tragaban a rebanadas la oscuridad con sus luces juveniles

Cómo olvidarlo hoy entre estos académicoembalsamados en filosofías ya petrificadas;

con diploma en forma de lápidas en las paredes.

y aquella piscina de aguas nerviosas como con cosquillas

cuando desde un tablón, mi cuerpo igual que un cometa se zambu­llía

 Cómo olvidarla hoy entre estos artificiosos intelectuales de ojos con lagañas

como excrementos de ratón.

y uñas sucias "enlutadas" por su falsa angustia .

y cuando me entubaron con pantalones largos mis libres piernas imberbes

bajo esa risa buena de mis parientes felices                       

Cómo olvidarlo entre estos intelectuales muertos

vistiendo el smocking de su teoría!

Y aquellos vívidos bailes de disfraces,

con el rostro amuñecado por el maquillaje

y ojos nerviosos como brincando tras el antifaz

Cómo olvidarlo entre estos blues de mayonesa

y aquellos scouts verdes y delgados como una rama de álamo

pero serios en su duro ánimo de concreto

y en su marchar que era un sólo latido de cemento,

mientras las madres aplaudían con el sonido de las palomas al sacu­dirse las alas

Cómo olvidarlo entre estos trasnochados con cuerpos angostos y oxidados

igual que navajas viejas

y aquellas bicicletas con rayos en sus dos ruedas

como dos gigantescas espuelas

que nos acercaba a un macizo estadio que bufaba un gol

Como olvidarla, entre estos poetas con ojos angustiados

igual que dos coágulos

y de caminar tan lento, tan lento

como asistiendo a un funeral

y aquel retraído silencio del escritorio solemne de su padre

en cuyo ceñudo sillón encuadernado de cuero

le aplasté sus labios con un beso,

sí, aquel ceñudo sillón en que la inundé con mi sangre .

Cómo olvidarlo hoy entre estas señoritas

Cepilladas entre los lechos insípidos de cancerosos hoteles

Cómo olvidarla si era una época que no estaba embetunada por un falso negror de angustia.

Cómo olvidarla si era una época luminosa como una polca al sol

Como olvidarala

 

 

            Las sombras del crimen

 

Sobre un áspero caballo café color de tronco

va un jinete delgado y duro

como un puñal desnudo,

va hundiéndose en el crepúsculo

 

 

como en un pétalo moribundo;

pero lo va quemando su corazón,

lo va quemando su rencor

porque lo encabrita una venganza

que lo punza con sus espuelas afiladas,

en esta noche con color a sangre coagulada,

su corazón da hachazo en su duro pecho de cemento,

mientras la lluvia cae con su pedrada de agua

Y el toro lanza su duro y lamentoso mujido

de héroe vencido

y entonces el jinete con sus ágiles músculos de puma

detiene su caballo

clava su puñal en el pecho ajeno,

ni un alarido de muerte se oye:

Mi corazón como un ciego ve sombras,

mi corazón como un sordo sólo escucha sombras.-

 

 

 

            Bernardo Araya

 

                        I

 

No es que no quiera seguir hablando ya del Acero

Sucede simplemente que busco el tiempo perdido,

Y vengo de otra ciudad- de Las Catorce Luces de la Madera.

Sin embargo, soy el hombre de todos los días,

Aún más,

Mi palabra limita contigo desde el Norte Grande a la Provincia Blanca.

Y va siendo escrita sobre cuero

tejas-vivientes

y papeles...

 

 

                        II

 

Que de cualquier manera la Palabra me parece venir

de un país del Océano como del fondo mismo de la memoria -sobresaltada, ardiendo, germinativa­

por no sé qué visión de un Pueblo Negro tendido allá en mis

brumas interiores

Se transfigura y duele a sabores marinos,

en pleno crecimiento de un contacto sonoro

y sufro ese cansancio de los metales terribles: el carbón, el diamante,

el basalto, la brea, el instinto y la montaña.

Cerradas hoy están todas las puertas

y hay un silencio grande por las cosas que se aman.

 

                        III

 

Que además vengo de lejos,

de una cierta desventura cada día. . .

Es gruesa ya la marea que arrastra el corazón.

 

 

                        Arco iris

 

 

Parece ser que un día

a imagen y semejanza de lo niño que fuimos

debí sufrir contigo

una cierta sensación de contra-tiempo.

Algo así como saber, no sé de donde

que la tierra tiene forma de naranja,

y no existe la región del arco-iris

en el sueño que dibuja la mirada .

Porque entonces

vi caer por la ventana de los días

como un agua azul-morada el desencanto.

Y a pasar de que más tarde fue el verano.

Y los meses. Y los años...

una lisa superficie del olvido

ya no pude ser llamado por mi madre

ni siquiera estando solo

con el héroe de mi padre

Pero yo no fui culpable

de que el tiempo trabajara en          nuestra contra

y debiéramos jugar entre los grandes.

castigados patio adentro de la vida.-

 

                         ***

 

 

            I

 

 

Mucho después

se adelantaba el tiempo

y de nosotros

se adueñaban los días ...

 

 

            II

 

Era la Edad del Hielo

Penetrando las calles

Y la aldea

 

            III

 

Sólo que entonces

todo se había de dormir primero

el molinero hambriento

y el gritar de los niños en la escuela..

 

             IV

Nunca lo supe verdaderamente:

viejo reloj

sustancia de madera.

 

 

             V

Que ya nada bastaba

del pan

          a la tristeza.

 

 

            VI

 

En eso que recuerdo

dos veces primavera

una  mirada verde

volvía de febrero.

 

             VII

 

Y el patio de la casa

donde nació la tierra

sigue siendo la noche

el país de los perros. -


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