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Actas : Prosa [an error occurred while processing this directive] Octubre 3, 2011


Casablanca
Jorge Etcheverry

Enviar por Correo-E
 Versión Impresora 

Hace muchos años viajaba mucho con mi ex-marido.  Una vez cerca de Navidad fuimos en Casablanca.  Una noche estábamos frente un restaurante. Salió un hombre, gordo, casi sin pelo, y un gran sonrisa. Nos dijo que el restaurante fue excellente y nos ofreció de accompañar nos para recommendarnos los mejores platos. Mientras que comíamos nos dije que se llama Doktor Balbi y que el estaba sola como su mujer se fue en Francia para celebrar Navidad. Al fin de la comida el insistió a pagar la cuenta. Saliendo del restaurante un amigo de el le salude deciendo "Heil Hitler". Fue el primero senal de inquietudes a venir. El nos invito a ir a su casa.  Cuando vio nuestro coche que fue parcado cerca del restaurante, nos dijo la seguiente: "Seria muy difícil a hacer el amor en este pequenno coche. Fue la secondo señal de inquietudes a venir. Empezó a sentirme incómida. En este momento yo noté que el hablaba francés con un accento alleman. Es importante a notar que en este tiempo hablaba muy poco francés y mi ex-marido hablaba casi nada de francés.

 

(nota de la redacción: hemos mantenido la ortografia—imperfecta—de la persona en cuestión, una mujer joven anglófona. El resto de la información que obra en nuestro poder es de fuente secundaria, o terciaria: se trata de fragmentos de conversaciones al pasar con la susodicha, en situaciones de cierto carácter de intimidad y que no viene al caso describir aquí, por su seguridad, ya que todavía vive y al parecer tiene todavía bastantes años por vivir. En nuestro caso personal y aquejados de vagas pero persistencias dolencias, y dada nuestra relativamente avanzada edad, no hay consecuencias eventuales de índole física que pudieran ser un obstáculo para la divulgación de estas líneas, que constituyen antes que nada un llamado de alerta. Pero llevados por esa misma necesidad de precaución, bastante comprensible, hemos dejado en la oscuridad la fecha precisa de los acontecimientos que sucintamente se dejan entrever en el párrafo en itálicas. Cuando se dice “hace muchos años”, y en boca, o mejor en dicho, en la escritura de una persona cuyo conocimiento y manejo del idioma español, mejor dicho castellano, es imperfecto, tenemos que otorgar el beneficio de la duda al calificativo “muchos”, que antecede a “años”. Asimismo, hemos mantenido en el anonimato el nombre de la persona y su edad, los del ex marido mencionado, así como la nacionalidad de ambos. Para nadie son un misterio los variados experimentos a que se entregaron científicos y doctores de ese imperio tan breve como poderoso que constituyó en su momento el nazismo, aprovechando el poder ilimitado, dentro de sus límites geográficos y temporales, de esa siniestra institucionalidad y a su disposición de recursos humanos y materiales en términos prácticos ilimitados para llevar a cabo sus experimentos. Un conocido científico proveniente de un país latinoamericano me expresó su parecer, en circunstancias de una conversación amigable, casi diríamos íntima y ayudado por su afición al tequila—siento que aquí he cometido una indiscreción—, de que muchos de los adelantos actuales, muchos de ellos no revelados en revistas ni eventos científicos y mucho menos comercializados, en el campo de la genética y la gerontología, eran fruto de esos malhadados experimentos, y que incluso algunos de sus ejecutores habrían gozado de impunidad clandestina para seguir su trabajo de laboratorio en el entonces bloque soviético y en las naciones más desarrolladas del occidente, especialmente los Estados Unidos. Tal como en forma paralela los físicos y astrofísicos alemanes que en su momento desarrollaron los inicios de la conquista del espacio interplanetario encabezados por Werner Von Braun. La mítica presencia de los nazis en algunos países del Medio Oriente, como se deja entrever en el párrafo que reproducimos al comienzo, el ostracismo del doctor Mengele en las selvas amazónicas, en los poblados fronterizos entre Argentina y Brasil, en la misma Buenos Aires, no fueron más que un volador de luces para beneficio de los servicios de inteligencia que por décadas se dedicaron a  hurguetar en la América del Sur, mientras el trabajo importante se realizaba seguro, a la sombra de los estados más poderosos y de vastas corporaciones multinacionales. El aliciente de la prolongación de la existencia natural por medios biológicos o mecánicos, o la combinación de ambos—los ciborgs de tantas ficciones en el mundo de la narrativa y la pantalla—es una tentación muy difícil de evitar para los poderosos, trátese de instituciones políticas o económicas. Los resultados exitosos de estos experimentos, así como los de esa caja de Pandora que constituye la manipulación genética, son evidentes para quienes siguen con atención las noticias que se reparten prácticamente las primeras planas de los periódicos y el tiempo preferencial de todas las estaciones de televisión del planeta. La lectura atenta de ciertos breves artículos y notas que ocupan las páginas interiores de los periódicos, la disposición a investigar y hacer acopio de información, el rastreo en el internet y lo que se denomina el pensamiento lateral, pueden producir resultados tan significativos como pavorosos. En algún momento tuve la desafortunada ocurrencia de divulgar, medio en broma medio en serio y más bien llevado por la satisfacción personal, algunas conclusiones bastante preliminares, muchas veces a nivel de conjeturas. Con el paso del tiempo, esto me ha provocado una gran inquietud y muchas noches sin sueño, porque demasiado tarde he podido darme cuenta de que había dejado un rastro tenue pero indeleble. La marginación forzada de mi posición universitaria—nada extraordinaria, pero que me permitía un buen vivir, viajes y fondos para mis investigaciones personales—fue tan súbita como, para mí, inexplicable. El enfriamiento de mis escasos contactos con los medios de difusión y el mundo editorial, la no renovación de mi intachable crédito bancario y otros detalles sirvieron para que me fuera dando cuenta de que había estado caminando por un campo minado. Circunstancias de carácter aún más concreto y que no voy a detallar me hacen temer hechos bastante más irremediables. Yo no soy un héroe. Creo en mi fuero interno que soy más bien cobarde. Es curioso cómo incluso los seres humanos más aquejados por aflicciones, de la más avanzada edad, se aferran salvajemente a los pocos instantes de vida que les quedan, aunque esta asuma la forma del permanente padecimiento. En la duda de hacer públicos de una manera u otra los resultados de mis investigaciones—cosa casi al alcance de cualquiera gracias al maravilloso mundo virtual—he decidido mantener silencio. El antiguo dicho lo expresa sabiamente “en la duda abstente”. Esta nota introductoria de un ensayo—más bien el esbozo de lo que en algunos círculos se suele llamar una teoría conspirativa (conspiracy theory) se quedará, como el cuerpo principal del texto, sin publicar).


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