El descenso hacia Nevada me quita un poco el aliento y transforma la autopista en un reptil adormecido sobre el desierto del Mojave. A cada intermitencia de las luces, o aullido pausado de un coyote, se oyen también voces lejanas que suenan como apuradas despedidas. Alguien enciende un flash al fotografiar a una niña que duerme con las piernas descubiertas. En seguida mi propia mirada huyendo hacia la ventana del bus que nos lleva hacia Las Vegas devuelve la imagen del hombre que ahora soy, un hombre que bien podría haber surgido de la autopista como tantos que suben oliendo a polvo y castigados por el sol, una sombra que me ha seguido desde el camino del Valle de la Muerte hasta fundirse con el horizonte cortado por casinos lejanos en demolición. Giro el dorso lentamente, cuidando de no incomodar la serena lectura de un Barely legal, que acomete un hombre de cien kilos sentado a mi costado. Al otro lado de la fila, su mujer sube el volumen del estéreo y no deja de eructar cada vez que algo cae en la desgracia de encajar entre sus dientes.
Desde mi primer escondite en Mission Viejo, muchos rostros y pueblos han pasado sin dejar huella, dejando atrás la inmensidad del Mojave, como un rastro sobre el polvo que es borrado por el viento. Algo cansado, me levanto y camino hasta el final del pasadizo, rozando algunos cuerpos semi inconscientes, esquivando el mal aliento de los que duermen desde hace mucho y avanzando sin pedir permiso hacia la última hilera vacía de asientos, donde al fin me dejo caer, rendido hasta perder la noción de la distancia. California se ha quedado en el camino, ahora el viaje se hace más largo hasta Salt Lake y la incertidumbre se vuelve monotonía. De pronto una patrulla intercepta el autobús. El conductor se detiene en un pueblo sin más particularidad que un letrero inmenso de Pepsi y otro hotel en demolición. Todos aprovechan para bajar por algo de comer, aturdidos por el sueño y la dieta diaria de hamburguesas.
Minutos después la policía se ha marchado y puedo al fin volver a mi lugar. Entonces encuentro una cabellera rojiza y desordenada sobre mi mochila. La dueña es otra sombra, alguien que tal vez aplaque el hambre con largas dosis de sueño, alguien que antes de subir a esta especie de cementerio rodante seguramente hubiera tenido el aspecto de una mujer de más o menos veinte años. Ahora sin embargo, con la audacia que nos da el anonimato, hace a un lado mi mochila y me invita a sentarme sobre mi propio asiento. Más allá de las sonrisas, nadie siente ganas de preguntar más de lo debido, pues como todo el mundo aquí, parece también acostumbrada a viajar sin dar explicaciones.
A intervalos se oye la bulla de gente que entra y sale del pequeño baño contiguo a nuestros asientos. De pronto ella se quita uno de los audífonos y me lo coloca con cuidado.
“It’s called Back seat of a Greyhound bus”, me susurra al oído.
Al ritmo lento y aburrido de la canción ambos fingimos quedar dormidos. Con los ojos entreabiertos adivino que el motor del viejo monstruo debe ahora mismo alborotar las guaridas de roedores y escorpiones. Me quito lentamente los zapatos y mis pies parecen sentir que los inmensos neumáticos destrozan también huesos de animales muertos y aplastan los cascarones vacíos de serpientes.
Luego de un par de canciones y sacudidas del bus, ella levanta una pierna hasta descansarla sobre las mías.
“May I?”
“Sí, claro”.
Allá afuera, al otro lado de los cristales, el desierto de Nevada se extiende, casi vertical y se confunde con un cielo negro hasta la desesperación. Dentro del bus, luego de unos segundos de indecisión, comienzan mis manos a viajar por otro desierto, caliente y húmedo. Ella levanta los brazos, con la excusa del cansancio, y se aligera rápidamente el sujetador. Al momento de hacer lo mismo con la falda, un aroma imprevisto y contundente desde su ropa interior me recuerda que llevamos algunos días viajando sin descanso. Poco a poco, sobre el asiento de falso cuero pegado a nuestro cuerpo, comenzamos a mezclar nuestra respiración con el olor a desinfectante que llega desde el baño. De pronto ella saca un cortaúñas de mi mochila y yo pienso “me va a matar”, pero es para cortar el pedazo de tela que se interpone tercamente entre sus piernas y las mías. Alguien bosteza desde los asientos delanteros y ella se cubre los senos con las manos. Pero olvida el cortaúñas como un intruso helado y cortante que desgarra mi piel a su albedrío.
Finalmente el conductor disminuye la velocidad. El desierto ha terminado y el reflejo de las luces repentinas anuncia un cambio brusco de paisaje.
“Vegas”, susurra ella y me aparta rápidamente.
A través de las ventanas, los anuncios de margaritas a un dólar, los castillos de naipes y los letreros de rubias vaporosas, sin más vestido que un sombrero, nos saludan a cada esquina. El bus llega de pronto a la estación y una mujer nos regala un caramelo al momento de bajar. Yo agradezco con las manos extendidas pero su marido me empuja en el estribo mientras comenta que traemos el olor a pescado desde California.
Ya en Las Vegas, entre el mar de gente dentro de la estación de Main Street, recorremos los mostradores buscando el terminal para el cambio de bus hasta Salt Lake. Entonces ella me coge de la mano. Así, con los vestidos arrugados parece ahora casi una niña y muy lejos de los veinticinco años que yo acabo de celebrar entre animales, escondido en un establo. Sentados un momento sobre las maletas, sin complicarse con códigos lingüísticos, le muestro aquella única foto del cuidador de ovejas que bien podría ser mi padre y que me ha hecho cruzar media docena de fronteras hacia una vida nueva. Ella detiene un segundo su frenética respiración frente al viejo pedazo de papel y acaricia la silueta del niño que el hombre lleva en brazos. De improviso, un dolor punzante en la pierna causado por el cortauñas me hace correr hacia los baños. Antes de ingresar la veo todavía sentada sobre mi maleta, observando el retrato del tipo que me espera en Salt Lake City. Un par de minutos después, junto a una montaña de papel higienico desperdiciado, puedo adivinar todavía mi sonrisa, sobre el agua inquieta del inodoro, antes de regresar a la fila de pasajeros.
Pero ella no está más. Se ha escapado con mi equipaje repleto de ropa vieja y el pasaporte que escondía en el bolsillo secreto de mi pantalón. Sólo me ha dejado aquel retrato sobre el piso donde termino por sentarme. Casi a punto de llorar, levanto la cabeza, confundido, hasta encontrar un hermoso aviso, un inmenso letrero iluminando la esquina más lejana del salón: “Bienvenidos al Estado del placer”.