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Prosa
Hombres y arañas
Jorge etcheverry

Hombres y arañas

 

Y no era eso lo peor, la inminencia de la cosa, aquello real que colgaba sobre nosotros (en plural, a pesar de que a esta altura del partido, uno contaba sólo consigo mismo). Estábamos esperando lo peor, eso era cierto, pero de una manera más ordenada, si uno puede describir algo que era más una impresión que una idea o pensamiento. Nosotros por un lado, controlando al menos una parte de la ciudad (universidades, poblaciones y fábricas), preparados y esperando, contando con el número y la organización, sin suficientes armas, y esto, si es que había alguna. Pero todo puede ser un arma si uno está dispuesto, listo. El Presidente dijo por la Cadena Nacional que incluso un lápiz pasta puede ser un arma, si uno lo usa para atravesar una garganta en lugar de usarlo para escribir (memorandos, cartas, artículos o poemas). Yo soy una mezcla de intelectual, profesor y burócrata. Nosotros contábamos con el pueblo, el conocimiento del territorio en áreas específicas de la ciudad, la complicidad de la gente corriente, incluso de los que trabajaban en los cuarteles del enemigo. Pero el chancacazo fue tan fuerte que unas horas después de que los aviones bombardearon la Moneda, nosotros estábamos recién empezando a tener una visión de conjunto. No había nada que hacer, y minuto a minuto nos íbamos volviendo más unos restos dispersos de lo que iban a ser las Huestes del Mañana. No había nada más que hacer que arrancar y esconderse, tratar de salvar la piel (si es que estábamos realmente en peligro, ni de eso estábamos seguros). Nos encontramos de repente separados unos de otros, mientras los helicópteros volaban una y otra vez en círculos encima de nuestras cabezas, por encima de los fragmentos disectados de la ciudad, que se organizaban de nuevo en otro orden, uno de terror y embotamiento, como los hilos de una telaraña, en que las inocentes y hasta ayer nomás ingenuas y confiadas moscas se enredaban, esperando el acercarse de los segmentos arañiles de negras patas peludas, esperando lo que pueda suceder. Luego de varios días lo único que quedaba era el trableteo ocasional, el estampido de diversas armas, ahora más o menos identificables, y los incendios por toda la ciudad.

 

Para mí habían sido varios días arrancando, las noches pasadas con familiares o conocidos, no con amigos cercanos, porque ellos podían muy bien ser arrastrados fuera de sus camas por los sirvientes de la araña con las primeras luces del alba, celebrada sin embargo como siempre por una miríada de pajaritos y gallos cantando. Con una barba de dos días, con mi viejo portadocumentos lleno de papeles personales (ya que iba a salir del país si podía), una escobilla de dientes (con el apuro me olvide de las hojas de afeitar) y un poco de plata, me apuré doblando una esquina. Estaba casi oscuro y tuve que parar para tirarme boca abajo en la calle al escuchar el rumor de un motor que se acercaba. Me apreté contra el pavimento, tratando de parecer inerte, como un cadáver de algunas horas, como cualquiera de los otros cuerpos que se adueñaban de las calles de la ciudad en la madrugada o el crepúsculo. Traté de todas maneras de lograr un panorama de la calle: una patrulla del ejército en un jeep, vaga y obscura (no iban realmente de negro; eran verde oscuro, los uniformes y el vehículo, hasta las armas). Dos o tres de los hombres miraron mi cuerpo inerte, como una araña que fijara dos o tres de sus ojos, evaluando el pequeño bulto de un mosquito atrapado en la tela. Pero como está satisfecha, sólo registra, computa y sigue de largo.

 

Esa noche unos minutos antes del toque de queda me tambaleé casi hacia un edificio de departamentos y subí las escaleras y golpeé en la puerta de Mario, con fuerza, de nuevo, una, dos, tres veces, y los pude escuchar adentro poniéndose algo, batas, pantuflas,  y hablando en sordina, y decidiendo de todos modos abrir la puerta. Porque si eran los otros los que venían, no había manera de pararlos. Eso sólo los enojaría más, y luego todos sufrirían las consecuencias, no sólo el hombre de la casa. Y aparte de ellos ¿Qué otra cosa había como para asustarse? Mario abrió la puerta en su bata a rayas, sus ojos muy abiertos, y luego trató de cerrármela en las narices (entendible, había contado con eso). Incluso con mis lentos reflejos, me las arreglo para meter el pie una, dos veces: duele como caballo. Empujo con todo mi peso y penetro en el departamento. Luego lo enfrento. Su pelo crespo medio erizado, sus ojos agrandados por el miedo “¡Afuera! ¡Sale inmediatamente! ¡Sale al tiro!”. Pero él me está rogando con los ojos al mismo tiempo. Estoy ganando. Sus ojos evitan los míos, mira de soslayo, hacia la izquierda, luego un poco hacia atrás, un movimiento que los ojos intentan pero que no pueden hacer complemente. Ella está parada allí, detrás de él (¿Juana? ¿María? No me puedo acordar) en su bata, con sus suaves facciones color canela, el pelo liso y el temor en la vista. Me imagino al niño en la pieza de atrás, soñando los placenteros, informes sueños de los niños recién nacidos.

“No tengo donde más ir. Es casi el toque de queda, si no me dejas pasar aquí la noche estoy liquidado”.

 

Bueno. Estoy adentro. Estaba adentro ya antes, en realidad. Él hace un gesto, se encoge de hombros, los ojos casi cerrados, moviendo la cabeza rápido, en su manera tan típica, primero hacia un lado, luego hacia el otro, medio explicando, medio resignándose, una mano que apunta hacia ella, la otra hacia su propio pecho como diciendo “No es por mí, es por ella. Tú sabes qué le puede pasar”.

Él no tiene que decirme. Yo sé. Pobre Mario, pobre (¿Juana? ¿María?). Avanzo hacia él, lo toco en el hombro: “Está bien, me voy tempranito, justo antes que termine el toque”, le digo, pero me digo a mí mismo también. He leído en alguna parte que uno puede mandarse a despertar a horas precisas. Me dirijo hacia el sillón y me tumbo en él sin desvestirme. La cara al cielo. El techo comienza a girar, las luces se apagan y estoy durmiendo.

Forcejeo en sueños. Siempre. Tengo que levantarme para ir al baño a mear, pero estoy como un mosquito, pegado en ese sillón que es una tela de araña. Despierto, sudando, con un dolor en la vejiga. Noto que la noche se está poniendo clara. Camino hacia el baño que está al final del pasillo. Abro la puerta y María está sentada en el bidé, con las piernas abiertas, frente mío, la camisa de noche blanca arremangada hasta la cintura, mientras el chorrito de agua sibilante le toca el sexo. Al comienzo, su mirada es vaga, soñolienta, ausente, pero luego enfoca sus ojos en mí con pánico y sorpresa, y vergüenza superimpuesta. Murmuro “discúlpeme”, y dando la vuelta, abandono el cuarto sin cerrar la puerta. En el salón agarro mi portadocumentos y abro la puerta, mirando hacia el corredor. Al final, la puerta del baño está todavía abierta, con la luz prendida; la mujer todavía sentada, riéndose, la mano en la boca, tapándola. No se ve un alma. Me dirijo hacia la escalera, bajo el letrero SALIDA. Conozco tanto ese lugar (hemos sido amigos varios años) que bajo las escaleras de dos en dos o tres en tres sin mirar los escalones. Luego voy saliendo por la puerta principal del edificio cuando cambio de idea. Empujado por la urgencia de mi vejiga entro de nuevo y me pongo a mear en el vestíbulo, tan pegado a la muralla como puedo para evitar ser visto por un transeúnte (¿A esa hora, en esas circunstancias?) o una patrulla. Me cierro el marrueco y salgo. Estoy preocupado de verdad porque mi terno está todo arrugado, mis zapatos polvorientos, y con corbata y portadocumentos claro que parezco alguien que anda arrancando. La idea de afeitarme donde Mario se me había olvidado incluso antes de que llegara a su casa y ahora me estaba haciendo burla. Me doy cuenta de que no tengo que llamar la atención. Abro el portadocumentos en la escalinata de un edificio por ahí cerca mientras los primeros rumores de vida están empezando en las calles, y el sol se está levantando, pleno y lento, y el fresco de la madrugada robustece. Saco mis documentos, la plata, la máquina de afeitar inútil y la escobilla de dientes. Todos los pajaritos invisibles empiezan a cantar. Me deshago el nudo de la corbata y luego de sacármela la pongo en el portadocumentos, lo cierro, camino un poco hasta que encuentro un tarro de basura donde lo echo.

Tratando de parecer natural camino hacia el sector Norte de la ciudad, hacia el otro lado del río, donde está el mercado (la pobreza pululante), las líneas de buses interprovinciales y una de las estaciones de trenes. Allí voy a estar seguro, perdido entre los trabajadores, los pobres y los marginales.

 

Cuando llego al puente, puedo sentir cómo se aprieta la red. Hay dos jeeps ahí para chequear a los transeúntes tempraneros y especialmente a los vehículos. Un auto con el portamaletas abierto tiene a un soldado medio sumergido en sus profundidades; mientras otro con la boina negra y el uniforme a manchas de los comandos vigila fumando. Alguna gente espera su turno en fila. Un hombre bien trajeado en un station wagon blanco protesta cuando es conminado a salir del vehículo: “Chis”. Un oficial lo saca afuera agarrado por el cuello y lo estira contra la armazón de puente: “¿No te gusta ah? Ah, bueno. Una palabra más y te dejo aquí de comida pa los perros”. El hombre mira hacia abajo sin mover un músculo. Otro soldado dice “Ya, vamos, vamos, apurarse”. Y pasamos al otro lado.

Camino despacio, un poco mareado, muy hambriento y cansado, y de repente el station wagon se detiene a mi lado y el hombre pregunta “¿Lo llevo?”. Luego de mirar hacia atrás, nerviosamente, a los soldados, indeciso por un instante, pienso que a lo mejor podría aceptar. Los guardias están ocupados, el puente lleno de gente, y una línea de autos están esperando para pasar. El hombre en el station me dice “No se preocupe. Está bien. ¿Pa donde va?”. Se me ocurre que estaría bien que tuviera una parte donde ir. “A la estación, a recoger una encomienda que me llegó del norte” – “Ah, macanudo, yo voy pa la estación también”. Me subo. El hombre se nota ansioso y un poco embotado. Rompe el silencio para decirme que nunca se hubiera imaginado una cosa así, que cuando Allende ganó la elección él se había ido a los Estados Unidos, pero que le fue más o menos no más y se había vuelto por los rumores. Todo el mundo sabía que el gobierno caía, él había sido siempre de derecha pero nunca se habría imaginado que lo iban a tratar así, un sargento de pacotilla que de seguro no sabía ni sumar dos más dos. Le dije que estaba apurado y que tenía que hacer una llamada telefónica muy importante: “Tengo que llamar a mi mujer alrededor de las ocho y a lo mejor voy a tener que tomar el primer tren al norte. Ni siquiera tuve tiempo de afeitarme”. El tipo se traga la historia y me dice que él también ha perdido un tiempo precioso esperando en el puente (sus manos todavía le tiemblan un poco).

Y de alguna manera yo estaba diciendo la verdad, tratando de parecer normal cuando me bajé del station y me maravillaba de que el tipo no hubiera encontrado mi apariencia chocante, y recordaba algo que ya se perdía en el cúmulo de los hechos pasados: la imagen de la mujer sentada en el bidet. Me siento mareado y hambriento y débil, más aún luego de haber estado sentado en el auto. Estaba demasiado absorto y aterrado en el puente como para sentir algo. Busco cambio en los bolsillos de la chaqueta. El día comienza a ponerse caluroso y el sudor me corre por los costados viniendo de mis sobacos, como si estuviera hecho de arañas minúsculas, mientras me pongo a llamar amigos y familiares desde un teléfono público, tratando de comunicarme con mi mujer, hasta que por fin alguien la llama a gritos en el otro lado de la línea. Ella solloza en el teléfono: ellos han allanado la casa del cuñado dos veces, el tipo nunca se ha metido en política, trabaja en computación y ha estado borracho desde el once, y ella ha estado muy angustiada sin saber qué había pasado conmigo, dónde estaba yo. La última vez que nos vimos había sido cuando me fui a trabajar ese día en la mañana. Ella (y la niña) han estado ahí, donde el cuñado, desde entonces, pero ahora todos los vecinos se están yendo de ahí porque alguien le dispara a los soldados desde los edificios en la noche. Una bala de los soldados atravesó la ventana y se incrustó en la cabecera de la marquesa. Ese era un lugar peligroso porque estaba muy cerca de una parte donde había muchos francotiradores. Si yo pudiera llegar al aeropuerto a eso de las doce, ella podía llevarme un poco de dinero y ropa para ver si me podía ir a la Argentina. A pesar de todo los vuelos a Mendoza son cosa de todos los días. No pueden pararse (a menos de que se acabe el mundo). Mucha gente tiene negocios allá y la comunidad chilena residente es muy grande. Y yo escuchaba y miraba a través del cristal de la cabina telefónica a la gente que salía de sus casas con trapos y escobas y baldes con agua para borrar de las paredes los rayados, los más de Patria y Libertad, un signo casi como una araña, que parece una swástica.

 

Desde la reja del aeropuerto hasta el edificio principal hay como treinta metros. Uno tiene que esperar hasta que a uno lo acompañan a la oficina de INTERPOL adentro del edificio. Ahí ellos tienen la lista. Se supone que tenemos que cruzar esa distancia en grupos de a cinco, acompañado por un uniformado. Ella (mi mujer) me está diciendo que mientras esté afuera, Alejandro, un amigo, va a quedarse en la casa porque le queda cerca del trabajo y además él no tiene ningún antecedente político. Va a resultar porque él se puede preocupar de la limpieza, regar las plantas, darle comida al gato y mantener cerrado. Los ladrones siempre se aprovechan del caos. Y ella y la niña se irán al norte a casa de mis suegros hasta que las cosas se calmen un poco, y luego harán diligencias para juntarse conmigo en Mendoza. No será muy difícil conseguir algo allá, a lo mejor incluso en la universidad. Mientras ayuda a mi mujer con las maletas, el soldado que nos acompaña nos dice medio en broma: “Si se da vuelta la tortilla, acuérdense de que los traté bien, ah”.

 

No me pude subir al avión después de todo porque mi pasaporte estaba vencido y nos mezclamos con la muchedumbre de gente que estaba despidiendo a sus amigos o familiares. Ella iba a volver donde mi cuñado y se iba al norte mañana en la mañana con la niña. La multitud nos separó y la miré por última vez antes de llamar un taxi y ella estaba sonriendo. De repente se cayó hacia delante, y la multitud se cerró alrededor de ella, o del lugar en que ella estaba tendida en el pavimento y yo comencé a empujar para acercarme durante lo que me pareció un tiempo interminable, sin hacer caso a las protestas de la gente alrededor. La niña gritó: “Papi, la mamá está temblando, como que estuviera tiritando”. Uno de sus ataques. Miré hacia el cielo claro, arriba. Por un instante me zumbó la cabeza y el cielo se comenzó a poner negro, como si fuera una araña grande y nebulosa, y campanas o pájaros, hacían mucho ruido en mis oídos.

 

Después que mi hija y mi mujer se subieron al bus, yo me las arreglé para volver a la casa. Descansé un rato en el piso de abajo, en el living. Todo estaba sucio y desordenado. Subí al segundo piso para buscar una gillette cosa de poder afeitarme. Todo estaba desordenado ahí también. Más desordenado que de costumbre. Nosotros éramos profesionales progresistas, jóvenes, sin mucho tiempo para tareas domésticas, al menos hasta hacía una semana. Se me ocurrió que podían haber allanado la casa. Me fui al dormitorio y me tendí en la cama un rato, medio mareado, tratando de pensar, mirando hacia el cielo raso donde una araña enorme estaba tratando de salir por una grieta. Me paré en la cama, sintiendo un escalofrío por la espina dorsal y una sensación extraña en las raíces del pelo. Decidí no aplastar a la araña por la mancha que dejaría en la pintura. Me senté en la cama, pensando cómo esa grieta se abría probablemente hacia el exterior, el aire frío en el invierno, el polvo y el smog, y las arañas, que debían ser todas enormes y debían repletar el ático. Decidí quemar a la bestia, como lo hacía cuando era chico, a los siete u ocho, cuando torturaba (como muchos niños) todo tipo de insectos. Iba a deshacerme del cuerpo del animal de una manera más limpia, tomando el cuerpo incinerado con un trapo o un pedazo de papel higiénico y echándolo al guáter. Bajé las escaleras de vuelta al piso de abajo para buscar una vela y fósforos. ¡Mierda! Todo era un caos. Encontré la vela y los fósforos y me iba a arriba otra vez cuando vi la sombra de alguien en la muralla. Me apreté contra la muralla lo más que pude, y comencé a subir la escalera rápido. “Un ladrón”, pensé, pero luego se me ocurrió otra cosa en la que preferí no pensar. Estaba tan cansado. Llegué arriba y la sombra volvió a cruzar, y apareció la cara ingenua, sonriente de Alejandro, sus ojos suaves y su cuerpo grande, atlético, vistiendo camiseta deportiva. A veces en Santiago septiembre es muy soleado y caluroso. Él me explica porqué está ahí (cosa que yo ya sé) mientras vamos al dormitorio y le digo de la araña, y de cómo va a ser más limpio de esta manera y él no me contesta, sólo me mira cuando me subo a la cama (sin sacarme mis zapatos sucios), prendo la vela, la levanto hacia el techo y la acerco a la araña.