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Octubre 3, 2011 |
Los casi veinticinco años de la presencia chilena en Canadá han sido tan fructíferos culturalmente como poco estudiados, quizás porque la misma exuberancia de esta actividad y estos productos está demasiado viva para que se pueda estudiar como una cosa cerrada, del pasado. Sin embargo, el fenómeno central de esta experiencia bipolar continúa siendo el exilio, ya sea el ‘ortodoxo’, que se extiende entre el golpe y el plebiscito, o el real, el vivido, que aún experimentamos los que nos quedamos y que todavía persigue a los que retornaron (haunts them, como dice la acertada, intraductible palabra inglesa). Esta experiencia del exilio es sin embargo paradigmática, por no decir arquetípica, y a pesar de los horrores de fanatismo, genocidio e imperialismo a ultranza sin límite, justificaciones ni oposición que acompañan el nuevo milenio y que imponen su siniestra presencia. Yo mismo publiqué en una antología de 1981 (la de Nómez sobre literatura chileno-canadiense) un cuento con el mismo título del libro de la Iris, que por otro lado es una frase con la que muchos de nosotros organizamos esta curiosa vida que se desarrolla entre dos polos de referencia (incluso para los que volvieron), y que hemos aprendido a aceptar como natural. El que este libro de Iris se haya vendido como pan caliente entre los que nos quedamos por aquí -que es el allá de Iris, es la mejor crítica. Estos treinta relatos breves, divididos en dos secciones, como su nombre lo indica, son pinceladas que nos entregan algo de nosotros mismos y, más que ante relatos, nos ponen frente a señales que se contextualizan rápida y fácilmente con retazos de nuestra memoria, haciendo que luego de la lectura, el estado de ánimo en que nos quedamos se mantenga y se llene de otras anécdotas y modos de sentir que quizás para muchos ya no están presentes de la manera que estaban antes. Pero que irrumpen entonces de manera desordenada. Debo reconocer que ésta es una crítica como se diría ‘impresionista’, que descuida los elementos de la composición literaria de los textos. Pero es que quizás el efecto mismo de estos cuentos entre nosotros, los que hemos vivido la experiencia del exilio, esté sobredeterminado. Es decir, que no podemos leer este libro con imparcialidad ni sólo para entretenernos. La autora es consciente del carácter testimonial de sus narraciones, y manifiesta, al comienzo mismo del libro, que “Estos relatos, que pueden considerarse bajo el común denominador de cuentos, tienen sin embargo el valor de lo testimonial” (pág. 15).¿Quién no puede contar una experiencia parecida a la de Si lo hubiera sabido, donde un ambiguo personaje recomienda a la narradora personaje “Pórtese bien….¡Ah! un consejo para los chiquillos: dígales que se vayan del país, si es que se libran de ésto” (pág. 30). La concisión de los textos no es obstáculo para la captación y representación de la verdad psicológica, que es uno de los elementos que hacen que estos cuentos “ agarren”: la asociación entre la banalidad y el drama, en que “la majadera canción que le repetía una y otra vez se te olvida …” se asocia a la despedida del hijo desterrado (Cicatrices). Los relatos recorren las etapas internalizadas de la represión y el camino al exilio, de algún modo escencializadas y estilizadas por la memoria, en que sólo sobreviven los trazos más dolorosos, de un sordo y oscuro dramatismo, como por ejemplo en los cuentos Cicatrices, Unicornio, Renacimiento, La partida . La segunda parte del libro, De allá , recorre las instancias del exilio en Canadá, los dimes y diretes de “esa diáspora de desterrados que desesperadamente trataba de asirse a un país lejano y esquivo, casi imaginado ya, ese grupo de chilenos que en cada reunión sentía que estaba recreando, en esa tierra lejana, algo parecido a la patria.. .” (El encuentro, pág. 80), muchas de cuyas situaciones, personajes, sentimientos, problemas y reflexiones están todavía (¿demasiado?) vivos. El libro cierra su ciclo con cinco breves testimonios finales: “Por mi parte, yo vuelvo juntando experiencias y vivencias, tratando de hacer una patria propia con retazos de esta tierra y de la tierra ajena que ayer sanó mis heridas con el bálsamo de la amistad” (Volver: que catorce años no es nada).
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